domingo, 22 de diciembre de 2013

EL ENFADO DE LA LUNA (CUENTO DE NAVIDAD)





                                        El enfado de la Luna
Cuando el Sol se desliza por el horizonte para visitar a la otra mitad de la tierra, parece que la oscuridad va a dominarlo todo. Entonces aparezco yo, la Luna, al relevo, como el ojo vigilante de la noche, tenue y discreta, para iluminar los sueños de tantos niños y almas buenas que pueblan esa mitad del mundo.  Puedo adivinar sus anhelos, escucho a lo lejos el susurro de sus plegarias, llego a sentir sus temores y alegrías. Veo como algunos me miran antes de dormir y rememoran antiguas leyendas. Sé que en su mente miden el tiempo para saber cuándo voy a estar redonda como si de un embarazo se tratara. Consigo maravillarles al mostrarme completa, porque advierten que soy más que una pequeña esfera gemela. Me convierto en el atributo de las diosas, a las que los hombres invocan con ritos y agasajan con fiestas y ofrendas para que fertilicen los campos y hagan crecer las plantas. Los pueblos antiguos me adoraban y los templos alzados en mi honor aún persisten.
Pero hoy es Navidad y a mí no me miran. Todos escudriñan el cielo buscando esas motitas brillantes, lejanas y frías, que suspendidas en el espacio aguardan su momento de gloria. Esperan un milagro. Un día mágico en el que miles de estrellas jubilosas se amontonan y peinan sus melenas alargándolas en el firmamento formando estelas deslumbrantes. Una de ellas, la más brillante, será la que lleve de la mano a los Reyes de Oriente, a los pastores y a toda la humanidad desorientada, hasta un portal en Belén donde el hijo de Dios decidió nacer.
Me siento agraviada y relegada. Todo el año he estado con ellos alumbrando sus noches a las mismas horas; nunca les fallo, pero hoy me abandonan por un resplandor fugaz y momentáneo. Enfurruñada afilé mis puntas y con ellas me prendí en dos nubes negras, me recosté entre ellas y todo mi entorno se oscureció.
Al rato, a lo lejos, oí mi nombre con insistencia:
—Luna, Luna ¿dónde estás?
Era Santa Claus, en su trineo que, perdido, daba vueltas cerca de mí sin saber por dónde andaba.
—Pero Luna, ¡otra vez no! ¡No puede ser! Todos los años igual, siguió rezongando Santa—. Esos celos... ¿Es que no ves que llego tarde y los renos no encuentran el camino de las chimeneas? ¿Qué van a decir los niños si mañana no encuentran sus regalos? Venga, venga, sal de ahí y acompáñame— dijo impaciente.
Un reno pequeñito que iba acurrucado cerca de Santa, quiso jugar conmigo y me hizo cosquillas hasta que, al final, consiguió hacerme reír. Ya más contenta extendí mi cuarto creciente y les indiqué el camino para que llevaran mi luz a todo los hogares. No quería ver las lágrimas rodar en la cara de los niños, que con tanta ilusión pusieron sus zapatos, junto al Belén y al calor del hogar, llenos de sueños por cumplir. Los Reyes y Santa tenían una misión importante y yo les escoltaría en ella.
Al terminar mi recorrido vi que el sol avisaba su llegada. A empujones me mandó salir de sus dominios y mientras me retiraba le dije: —“No te pavonees tanto que cuando te vayas la noche será del todo mía y en la oscuridad siempre hay magia”.

¡Feliz Navidad! La Luna.

                                                                                                                   Mar Lana




viernes, 20 de diciembre de 2013

Felicitación navideña



¡FELIZ NAVIDAD!

Os deseo unas felices fiestas y que esteis rodeados del cariño de las personas amadas.


miércoles, 18 de diciembre de 2013

EL CASO ARROBA (Relato corto)

                                                          EL CASO ARROBA

   Sobre la mesa estaba aquel horrible expediente en el que intervine, como subinspectora, junto a mi esposo. Aquel abultado fichero, de color marrón deslucido, consiguió aplastar nuestra vida familiar.

     Solté despacio las cintas que cerraban el archivador y con cuidado fui pasando las hojas en un intento final de comprender lo que había sucedido ante mis ojos. Coloqué los folios y las fotos sobre la mesa; las imágenes y los recuerdos quemaron mi corazón como si de acero derretido se tratara. 

     Aquel día me desperté inquieta, sin que recordara haber soñado nada especial, pero más tarde supe que tuve un mal presentimiento. Miguel ya se había levantado. Fiel a su rutina, volvería después de correr un poco y comprar el periódico.

     Los niños ya se habían levantado y alborotaban más de la cuenta, así que, perezosa y sin mirarme al espejo, salí para poner un poco de orden. Cuando me vieron, los dos pequeños se rieron a carcajadas mofándose de mi desarreglado pelo, mientras Pablo, el mayor, ojeaba con desgana un comic.

—Venga, venga, a desayunar—dije, mientras me peinaba con los dedos y empujaba al benjamín que se hacía el remolón.

    Un portazo acalló todas las voces. Miguel entró en la cocina con prisas, me besó y se excusó ante sus hijos:

—Lo siento, chicos. Me han llamado de la comisaría. Ha debido de ser algo gordo. Es en vuestro colegio.

 —¿En el colegio? Hoy es el Día del Padre y domingo; no hay colegio—le interrumpí medio dormida—. Pensé que podríamos comer juntos. Además, los niños tienen un regalo para ti.

—¡Imposible! Tú también vienes, nos han convocado a los dos. Tienes cinco minutos—insistió con nerviosismo.

—Pablo, tú eres el mayor; te quedas a cargo de tus hermanos hasta que venga la abuela, ¿vale?—iba diciéndole mientras cogía una prenda aquí y otra allá vistiéndome como podía, yendo hacia el baño para recogerme el pelo y lavarme la cara.

—Lo celebraremos en otro momento. Ahora tenemos que irnos, es un asunto grave. Tal vez por la noche podamos reunirnos. Y no pongáis esas caras, os lo compensaré, prometido— les aseguró con firmeza.

    Vi como los tres atrapaban esa última palabra al vuelo, aunque el tono de su padre no sonó convincente. Los dos salimos a la calle corriendo.

    Aunque no era lo habitual, trabajábamos juntos en la brigada de homicidios a pesar de estar casados. Por primera vez nos encomendaban el mismo caso.
    Cuando llegamos, Miguel, que a fuerza de práctica mostraba una gran entereza, empezó a dar órdenes. Como inspector jefe le pusieron enseguida al corriente:

—Detrás de los árboles, dos cadáveres— dijo un policía, mientras señalaba el lugar donde los había encontrado el vigilante del centro, alertado por los ladridos de un perro que merodeaba por el lugar.

    Nos íbamos acercando, a la vez que seguíamos atentos al informe detallado de lo sucedido. Dos adolescentes, desaparecidos el día anterior, de quince años, chico y chica; él con la cabeza destrozada con un bate de béisbol está tendido en el suelo con los pantalones bajados; ella, medio desnuda, la hemos encontrado más lejos, con la cara amoratada de un fuerte puñetazo que la debió estampar contra esa valla metálica rota, de la que sobresale un grueso alambre en punta que le ha seccionado la yugular, provocándole la muerte. Junto al cuerpo se ha encontrado una carta con el signo de la arroba. Signo de la dualidadpensé.

    El oficial le dio la carta a Miguel sin abrir. Iba dirigida a él:

Inspector D. Miguel Bermúdez.
23-Mayo-2012

Querido papá:

Sé que no ha sido un buen regalo para celebrar tu día. No pude evitarlo, sentí odio y rabia. Yo quería a Elisa y creía que ella a mí también. La respeté como me enseñaste y soñaba con un amor verdadero. Pero ella me engañaba. Conmigo era tímida, pero con Juan se comportó como una puta. A mi casi no me dejaba besarla y en cambio con ese jodido entrometido se abrió de piernas sin pensarlo. Les pillé follando y no pude soportarlo, me volví loco. Quise hablar con ella, no iba a matarla, pero se dio con la valla. ¡Fue horrible! Merezco un castigo, pero no te preocupes, papá, soy menor y me soltarán pronto. Cuando leas esto estaré en casa. Seguiré estudiando y conseguiré la beca que querías. Todo volverá a ser como antes. Te compensaré, lo prometo.

Te quiero, papá.

Pablo.

    Mi marido se desplomó de rodillas llorando y me dio la carta. Creí morir allí mismo.


                                                                                   Mar Lana



viernes, 13 de diciembre de 2013

VIRUS (Relato corto)




VIRUS

¡Qué decepción! ¡Estabas tan cerca de conseguirlo! Y al final, sólo tú pudiste beneficiarte de la esquiva fórmula tantas veces manipulada y ensayada. Hubieron intentos fallidos a miles. Entonces, la combinatoria caprichosa de los elementos no se dejó seducir. Tú fuiste el experimento, el campo de pruebas. Y, sin quererlo, el único beneficiario.

Cuando todos alrededor se desplomaron, te convertiste en el único testigo de su partida. Sólo tus lágrimas les acompañaron. No hubo flores, ni féretros, ni música, y el silencio acalló la agonía de tantos gritos, de tanta gente. La oscuridad amortajó esos cuerpos inmóviles suavizando el escabroso escenario en que se habían convertido los campos y las ciudades de todo el mundo. Tan sólo la luz del laboratorio permaneció como un faro hacia la nada, hacia el infinito.

“¿Y ahora qué?”, te preguntas, sosteniendo la cabeza entre tus manos. Ahora, ¿qué vas a hacer? Por lo menos sabes que no eres culpable. En todos los congresos dabas la voz de alerta. En las reuniones secretas gritabas y te amenazaban. En tu fuero interno sabías que algún día pasaría esto. Un virus fabricado en el laboratorio se convertiría en la epidemia temida que arrasaría el planeta y ya nada volvería a ser como antes.

No obstante, en el laboratorio todo funciona. Hay comida, buena temperatura y se ha convertido en un bunker improvisado. Sólo falta sacar todos los cuerpos para quemarlos y vencer al virus de la enfermedad. Es mucho trabajo, pero tienes demasiado tiempo. Cuando todo esté listo tendrás que pensar cómo seguir, cómo luchar, cómo crear tu propio Edén.

Haciendo inventario, te quedan todavía los bancos de óvulos y espermas, la fecundación in vitro, incubadoras, incluso te quedan muestras de semillas no contaminadas. Tienes armas suficientes para hacer de Dios y poner otra vez al hombre en la tierra, clonar las plantas y los animales si es necesario. La labor es ingente, pero aún eres joven aunque ahora te sientas viejo.

El sol seguirá saliendo cada mañana ajeno al ocaso humano y te calentará los hombros, ahora encorvados con el peso de un mundo por hacer. Pero cuando pase un tiempo, también gozarás de "el Séptimo Día" en el que al fin podrás descansar.



                                                                                           Mar Lana

lunes, 9 de diciembre de 2013

"El jugador" (Relato corto)



"El Jugador"

Intentaba enderezar la pajarita de su viejo esmoquin, mientras el espejo le devolvía la mirada de un extraño. Pasaba sus manos sobre el vidrio en un intento por borrar aquel monigote alargado que invadía su intimidad y que no le dejaba vestirse: “Vete, vete, que no me dejas ver los botones”, le decía irritado. Se giró de perfil con un gesto inefable de derrota para ignorar su presencia, mientras buscaba entre la ropa su sombrero. Sólo volvió la cabeza un instante y, con el tono de quien pide permiso, le dijo: “Tú te quedas aquí, ¿eh?, que yo me basto solo”, mientras cerraba las puertas del armario.

No conseguía recordar cuándo comió por última vez y no le preocupaba, pero de beber no se olvidaba. Se palpó la petaca en el bolsillo suspirando; estaba llena, pero no del whisky etiquetado que le gusta. Trató de enderezar la espalda, que el peso de los años inclinaba hacia delante, y salió del antiguo caserón a la calle en busca de fortuna como en tantas otras ocasiones.

Al llegar a la puerta del casino se sintió de nuevo en casa. Todos le conocían; había sido educado y zalamero con las señoras, generoso con las propinas y las mieles de la fortuna lo habían agasajado con frecuencia. Antaño con los naipes fue un maestro, casi un mago, parecía su profesión, pero desde que Rosalía se fue, ya nada era igual. Maldijo el día en que discutieron cuando ella descubrió su doble vida. Vio cómo se iba llorando de la casa con el niño, su hijo, y jamás volvieron. Me lo merecía. ¿Cómo pude jugar y perder lo que más quería? ¿Por qué no le pedí perdón? ¿Por qué no les hice de nuevo el centro de mi vida? Ahora bebía para olvidarla y se arriesgaba sobre el abismo de la locura como castigo. La soledad le carcomía por dentro; cada copa era un tsunami en su cerebro y cuando la razón emergía, quería morirse allí mismo, sin miedo, sin consuelo. Pero el sopor de los recuerdos no se alejaba y seguían a su lado deshilando los jirones de su vida.

Las luces de la sala y el humo amarilleaban las miradas, mientras las sombras íntimas de las esquinas transformaban el lugar en el sitio perfecto para invocar al escurridizo azar. El tapete esmeralda desprendía espejismos de ganancias y riquezas, pero la suerte sabía esquivar la doma. Durante meses le había dado la espalda pero hoy iba a ser diferente, lo presentía. Se acomodó en una mesa frente a cuatro caras inexpresivas. Manos pálidas y rápidas organizaban el juego. Las cartas se deslizaban sobre el terciopelo como expertas patinadoras, al encuentro de dedos nerviosos y tensos que aguardaban en el borde de la mesa. Desde el principio trató de controlar y contar cada movimiento para adivinar la jugada, pero una y otra vez los palos de la baraja se mezclaban, incoherentes, sin alistar a los comodines. No puede ser. La vista se le nublaba. Con angustia pensó: “Hoy tengo que ganar por fuerza, ya no me queda nada, estoy perdido”. Y cada ronda era peor que la anterior. Palpaba inquieto el tapete, las fichas rojas y blancas pasaban a otras manos. Paulatinamente, con cada cigarro y cada copa, se iban consumiendo las horas hasta llegar a la nada. Entonces cesó la música; las atractivas chicas, de grandes ojos pintados de negro y bocas sugerentes y afrutadas, desaparecieron. Las mesas se vaciaban. Todos se iban. La noche cedía el paso al día y la luz se abría camino entre los cortinones granates del salón. Pero él, desorientado, ya no sabía si iba o venía. Le acompañaron a la salida y allí le dejaron solo, como a un huérfano, sin dinero, y sin orgullo.


Pasó bajo el arco de luces de la entrada del local que parpadeaban y le rendían honores, como a un soldado que sobrevive a la batalla. Salió a la calle con un andar inseguro. Afuera llovía con fuerza y oscurecía el amanecer. La gran avenida, adoquinada y brillante, conducía hacia al puente. Fue fácil encaramarse a la piedra helada y resbaladiza, dejarse ir y saltar. No tuvo que pensarlo mucho, ya lo tenía ensayado en su mente. Ni siquiera notó la frialdad del agua. Se dejó engullir sin luchar, arrastrado por el torbellino de la corriente que borraría todas las miserias de su vida y lo acercaría, tal vez, a su amada Rosalía.


                                                                                                               Mar Lana

jueves, 5 de diciembre de 2013

"Al final del día" (Microrrelato)



                                                           Al final del día


                        Con trece años apunté con una pistola al chófer del autobús que me llevaba a casa. Él se asustó y frenó de golpe. La bala le alcanzó entre ruidos de cristales rotos. Rodé por el suelo y perdí el arma, pero pude hacerme con el dinero de la caja mientras la gente chillaba y volvía a ponerse en pie. Presioné un botón y las puertas se abrieron. De un salto me planté en la acera y corrí como un perro. Esa noche cené al fin un plato caliente, mientras mi padre dormía en la morgue de la judicial.


                                         

                                                                                                                         Mar Lana