sábado, 26 de abril de 2014

S.O.S. (microrrelato)






                                                           S.O.S.

                     Las palabras convocaron a las letras a una reunión de urgencia para notificarles las nuevas medidas de ajuste. Era necesario ahorrar tiempo y espacio. Fueron presentando sus argumentos una tras otra. El monosílabo QUE alegó que no podía mantener a la U y la E por más tiempo y las despidió sin indemnización. Las demás palabras arrinconaron a los acentos y marginaron las vocales. Al final de la reunión, irrumpieron los signos matemáticos con voces destempladas y en su glotonería financiera, se merendaron algunos vocablos haciendo valer su fuerza. Las letras, enfurecidas, se declararon en huelga. Sólo los puntos y las rayas se mantuvieron al margen. Era el comienzo de la Era del Morse.


                                                                                          Mar Lana

viernes, 18 de abril de 2014

El final de las cartas





                                       El final de las cartas


       Buceaba en su memoria para rescatar los recuerdos que le mantenían vivo. Fueron aquellos fugaces momentos que vivió con ella, los que se convirtieron en un faro hacia el que dirigía su mirada cada vez que se sentía solo y perdido.
       En las noches de insomnio, le escribía inacabables misivas que se iban amontonando en un cajón en las que intentaba explicar su vida y su cobarde huida. Aún la amaba y en las últimas páginas imploraba su perdón.
       El sonido del teléfono le sobresaltó cuando cerraba el paquete para enviarle las cartas. La conversación fue breve y, al finalizar, anotó una nueva dirección

                             Dª Emilia Rodriguez Cuadra
                             Paseo de  los Tilos
                             Cementerio A Gaudiña (Orense) 



                                                                          Mar Lana          

viernes, 4 de abril de 2014

La mecha




        Invadida por una tristeza oscura, colocó sobre la mesa la orden de alejamiento. El dolor físico y espiritual que soportaba no le impidió observar el retrato de su marido situado sobre la chimenea. Aquella sonrisa bobalicona escondía toda la rabia y el desprecio que se vio obligada a sufrir durante años. En un gesto repentino que se había prohibido hasta entonces, extrajo la foto y la rompió en diminutos pedazos que arrojó al fuego. Mientras observaba cómo ardían sintió un alivio que interrumpió el teléfono.
—¿Señora? Soy el inspector de policía. Deseo comunicarle el fallecimiento de su esposo. Le vigilábamos desde hace días, hasta que hace unos instantes, de forma inexplicable, su cuerpo empezó a arder como una tea.

                                                                           Mar Lana