Mostrando entradas con la etiqueta publicados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta publicados. Mostrar todas las entradas

lunes, 30 de octubre de 2017

El caso arroba

                                                           
                                                          

                                         EL CASO ARROBA

      Sobre la mesa estaba aquel expediente en el que intervine, como subinspectora, junto a mi esposo. Aquel abultado fichero, de color marrón deslucido, consiguió aplastar nuestra vida familiar.
      Solté despacio las cintas que cerraban el archivador y con cuidado fui pasando las hojas en un intento final de comprender lo que había sucedido ante mis ojos. Coloqué los folios y las fotos sobre la mesa; las imágenes y los recuerdos quemaron mi corazón como si de acero derretido se tratara. 
      Aquel día me desperté inquieta, sin que recordara haber soñado nada especial, pero más tarde supe que tuve un mal presentimiento. Miguel ya se había levantado y fiel a su rutina volvería después de correr un poco y comprar el periódico.
       Los niños en la cocina alborotaban más de la cuenta, así que, perezosa y sin mirarme al espejo, salí para poner un poco de orden. Cuando me vieron, los dos pequeños se rieron a carcajadas mofándose de mi pelo alborotado y en punta, mientras Pablo, el mayor, ojeaba con desgana un comic.
      —Venga, venga, a desayunar —dije, mientras me peinaba con los dedos y empujaba al benjamín que se hacía el remolón.
      Un portazo acalló todas las voces. Miguel entró en la cocina con prisas, me besó y se excusó ante sus hijos:
      —Lo siento, chicos. Me han llamado de la comisaría. Ha debido ser algo gordo. Y además es en vuestro colegio.
      —¿En el colegio? Hoy es el Día del Padre y domingo; no hay colegio —le interrumpí medio dormida—. Pensé que podríamos comer juntos. Además, los niños tienen un regalo para ti.
      —¡Imposible! Tú también vienes, nos han convocado a los dos. Tienes cinco minutos —insistió, nervioso.
      —Pablo, tú eres el mayor; te quedas a cargo de tus hermanos hasta que venga la abuela, ¿vale? —daba órdenes mientras cogía una prenda aquí y otra allá vistiéndome como podía, yendo hacia el baño para recogerme el pelo y lavarme la cara.
      —Lo celebraremos en otro momento. Ahora tenemos que irnos, es un asunto grave. Tal vez por la noche podamos reunirnos. Y no pongáis esas caras, os lo compensaré, prometido —les aseguró con firmeza.
      Vi como los tres atrapaban esa última palabra al vuelo, aunque el tono de su padre no les sonó convincente. Salimos a la calle corriendo.
      Aunque no era lo habitual, trabajábamos juntos en la brigada de homicidios a pesar de estar casados. Por primera vez nos encomendaban el mismo caso.
      Cuando llegamos, Miguel, que a fuerza de práctica mostraba una gran entereza, empezó a dar órdenes. Como inspector jefe le pusieron enseguida al corriente:
      —Detrás de los árboles, dos cadáveres —dijo un policía, mientras señalaba el lugar donde los había encontrado el vigilante del centro, alertado por los ladridos de un perro que merodeaba por el lugar.
      Nos íbamos acercando, a la vez que seguíamos atentos al informe detallado de lo sucedido. «Dos adolescentes, desaparecidos el día anterior, de quince años, chico y chica; él con la cabeza destrozada con un bate de béisbol está tendido en el suelo con los pantalones bajados; ella, medio desnuda, la hemos encontrado más lejos, con la cara amoratada de un fuerte puñetazo que la debió estampar contra esa valla metálica rota, de la que sobresale un grueso alambre en punta que le ha seccionado la yugular y causado la muerte. Junto al cuerpo se ha encontrado una carta con el signo de la arroba. 
      —Qué curioso, es el signo de la dualidad —dije.
      El oficial le dio la carta a Miguel sin abrir. Iba dirigida a él:

Inspector D. Miguel Bermúdez.
23-Mayo-2012

Querido papá:
Sé que esto no ha sido el mejor regalo para celebrar tu día. No pude evitarlo, sentí odio y rabia. Yo quería a Elisa y creía que ella a mí también. La respeté como me enseñaste y soñaba con un amor verdadero. Pero ella me engañaba. Conmigo era tímida, pero con Juan se comportó como una puta. A mi casi no me dejaba besarla y en cambio con ese jodido entrometido se abrió de piernas sin pensarlo. Les pillé follando y no pude soportarlo, me volví loco. Quise hablar con ella, no iba a matarla, se me fue la mano y se dio con la valla. ¡Fue horrible! Merezco un castigo, pero no te preocupes, papá, soy menor y me soltarán pronto. Cuando leas esto estaré esperándote en casa. Seguiré estudiando y me darán la beca que querías. Todo volverá a ser como antes. Te compensaré, lo prometo.
Te quiero, papá.
Pablo.
      Mi marido se desplomó de rodillas llorando y me dio la carta. Creí morir allí mismo.


                                                                                   Lana Pradera






(Publicado en la revista digital de invierno número 26 de Escritores en Red - (2017-2018)

relatos#poesía#prosa (Descarga gratuita)






jueves, 14 de septiembre de 2017

A fuego lento

                                                            A fuego lento


      Julián se estremeció al ver entrar en la sala al juez y al fiscal ataviados con la toga negra. ¡Pájaros de mal agüero! Miró a su abogado, que a su izquierda vestía igual, lo que incrementó su inquietud. Por unos instantes, frenó sus ansias de huida al fijar su  atención en los encajes blancos de las mangas del juez. Eran parecidos a los que su madre confeccionaba a ganchillo para decorar los sillones de la casa.
      El juez habló a los presentes:
—Se procede a la celebración del acto del juicio, procedimiento penal 60-2017, en el que figura como acusado Julián García; estando presentes el ministerio fiscal…
      Julián se desconectó de la voz monótona del juez. Evocar el cadáver carbonizado de su esposa le provocaba un estado catatónico, casi plácido. Eso le distanció del murmullo de los letrados y del sonido provocado por el roce de los documentos que intercambiaban. Su pensamiento siguió vagando, ahora, dentro de la imagen de un ensordecedor ring de combate donde todo valía: discusiones, gritos, golpes y en el que siempre ganaba él. Ella no aprendía. Siempre tan torpe, hacía todo lo que le desesperaba. Era una zorra.
      El fiscal se dirigió al acusado:
—Se le acusa de haber dado muerte a su esposa. ¿Cómo se declara? ¿Culpable o inocente?
—Inocente —dijo Julián, agarrándose al micrófono como si fuese un salvavidas.
—Estamos aquí para probar que el acusado prendió fuego a su mujer causándole la muerte, hecho que sucedió en su domicilio.
      Julián, desamparado, no perdía de vista a su abogado. No había sido un marido ejemplar, pero no se consideraba un asesino. ¿Qué más tiene que aguantar un hombre?
      Pasaron las horas, los testigos, las pruebas y aunque los vecinos declararon la mala relación de la pareja y los malos tratos del acusado hacia su esposa, el día de autos  no habían oído ningún ruido.
      El reo, arqueando las cejas en un gesto compungido, esperaba la intervención de su letrado.
—Según lo investigado —alegó el forense, el fuego ha sido la causa de la muerte. No se han encontrado otras evidencias debido a que los restos de la víctima se hallaban carbonizados. El fuego ha actuado con una rareza inusual, no se ha encontrado el origen del mismo y las altas temperaturas no han afectado al resto de la habitación. El cuerpo, quemado hasta tal extremo, tiene difícil explicación.
       Julián no recordaba nada. Tampoco sabía cuándo había empezado el fuego. De forma dispersa evocaba la música de fondo que se alzaba en el local sobre el barullo de la gente o el líquido ardiente que bajaba por su garganta: contaba, uno, dos, tres vasos de wisky…, hasta que un guardia se lo llevó tambaleando y esposado del bar.
      Era el turno del abogado defensor:
—Señorías, demostraré que mi cliente no es culpable de los hechos que se le imputan. No se encontraba en la escena del crimen. Las huellas encontradas en la casa son las esperadas al ser la vivienda del acusado. Tampoco hay restos de combustible en los restos hallados. Por ello me apoyaré en estos precedentes, casi doscientos casos; el más antiguo data de finales del siglo XVlll, cuya documentación entrego y en los que no se ha llegado a esclarecer las circunstancias de un fuego tan voraz ni su origen. La base del estudio parte de la teoría de que el cuerpo humano puede arder de forma espontánea sin que exista causa alguna. Además, el hecho de que no haya daños en la habitación y el cuerpo esté reducido a cenizas, presupone unas temperaturas muy elevadas que solo se alcanzarían con un fuego lento, de llamas bajas, alimentado por la grasa corporal y la ropa, que actuarían como una mecha. Esto deja el caso en un simple accidente originado, tal vez, por la electricidad estática.
      Julián lanzó un suspiro de alivio y se relajó al ver la perplejidad reflejada en la cara del juez y del fiscal.
      Al cabo de unos días, el juez dictaminó la retirada de la acusación por falta de pruebas.
      El secretario:
—Le llama su esposa, señoría. —Éste le arrebató el teléfono.
—¿Yo qué te he dicho? ¡Bajo ningún concepto me llames al trabajo! —dijo, furioso—. Ya te arreglaré las cuentas cuando vuelva a casa. Y puede que de forma muy luminosa.

                                                                    
                                                               Lana Pradera


(Publicado en la revista digital de invierno número 26 de Escritores en Red - (2017-2018)
relatos#poesía#prosa (Descarga gratuita)



https://r26enr.blogspot.com.es/





domingo, 8 de enero de 2017

Nuevos relatos para trayectos cortos 2016




Nuevos Relatos para trayectos cortos 2016


Nuestro grupo surgió de un taller de escritura promovido por la Editorial Planeta, con un soporte en las redes sociales. El adjetivo que nos une es el de “soñadores”. Y el día dos de diciembre de 2016, en Madrid, salió a la luz, de la mano de Editorial Maluma, un trabajo conjunto de veinte compañeros escritores. 

El libro se titula "Nuevos relatos para trayectos cortos". En él participo con un relato titulado "Nolan". La mayor parte de los relatos tienen una extensión superior a las veinte páginas. Os presento la portada. 













.


Para comprar el libro: http://editorialmaluma.com/ , lo envían sin gastos en el territorio nacional y se puede pagar con tarjeta o transferencia. PVP: 17€ (Veinte relatos, 503 pag.)

martes, 22 de noviembre de 2016

Historia del pasado



Historia del pasado

La casa de Juan destacaba  en la ladera del monte por su tejado de pizarra a dos aguas y las molduras rojas de puertas y ventanas que rompían el  blanco de los muros. La construyó su padre desoyendo los consejos de sus vecinos, que nunca se acercaban por esos parajes.
     Juan no lo entendía: aquel lugar con árboles y ricos pastos era ideal para una granja. Nadie quiso explicarle por qué los ganaderos del pueblo utilizaban otros pastos de montes contiguos.
     Cuando todo parecía ir bien, su padre murió. Al poco tiempo, su madre se puso enferma y Juan tuvo que hacerse cargo de las faenas de la granja a una edad temprana. «Este lugar los ha enfermado, los vecinos tenían razón», pensó, pero pronto dejó de lado las supercherías y trabajó con tesón para cuidar de su madre.
     Terminadas las tareas de ese día, Juan emitió un agudo silbido para que le acompañara el perro.
     —Ven, viejo amigo hoy nos toca riscar a nuestras anchas. Todo el monte es nuestro.
     Un ladrido de asentimiento y un meneo frenético de la cola le indicó que era bien recibida la decisión.
     Juntos pasearon y retozaron hasta llegar a la zona rocosa del otro lado del monte. A Juan le impresionaban aquellos enormes montículos de piedras oscuras tan diferentes al resto.     Le gustaba pasar las manos por esas superficies lisas y notar ese tacto suave en contraste con la dureza de sus componentes. Y entonces hablaba en alto de su madre y de sus preocupaciones como si estuviese frente a un oráculo.
     —¿Crees que en este lugar hubo alguna vez  agua?
     El perro con las orejas en punta y la lengua fuera había entendido la última palabra. Juan sacó la cantimplora y le dio de beber en un cuenco de metal.
     Volvió a acariciar la piedra con ternura como quien ordeña una ubre colmada. Las manos, ahora húmedas, le desconcertaron.
  —¡Estaba en lo cierto! ¡Mira, es agua! —Un hilillo de líquido transparente barnizaba la roca a su paso. Se apresuró a recogerlo en su petaca antes de que se agotara.
     Cuando llegó a casa,  preparó un té a su madre con el agua del manantial. Siempre había oído que en la naturaleza se podía encontrar el remedio a todas las enfermedades. ¿Y si sus plegarias hubieran sido escuchadas?
     A los poco días el médico fue a la casa para visitar a la enferma, la encontró cocinando y de buen humor.
     —¿Qué hace levantada?
     —No se preocupe doctor. Me encuentro bien. Ha sido un milagro.
     El doctor, extrañado, se volvió para hablar con Juan en otra habitación.
   —¿Qué ha pasado aquí? —dijo bajando la voz—. No creo en los milagros. Ya sabes que ella estaba desahuciada.
     Juan se encogió de hombros y se hizo el despistado. El médico se acercó, le cogió del brazo y lo zarandeó.
     —No seas estúpido, dime qué le has dado. Te has metido en un buen lío, chico.
     —Sólo le he dado infusiones hechas con plantas del campo —respondió zafándose del brazo que le sujetaba—. No tiene derecho a…
     —¿Crees que puedes mentirme?  No has nacido aquí, no sabes nada de la historia del pueblo, de sus terribles leyendas— le gritó—.  Hace cien años murieron todos sus habitantes. Al principio, los enfermos se curaban, sí, como  tu madre, y después la codicia corrompió a los hombres. Las luchas no cesaban. En castigo, el manantial se arrogó la última palabra. El agua mató a todo el que se quedó aquí. Era puro veneno. Después el agua dejó de brotar. Con el tiempo se repobló la zona, algunos de los que habían huido volvieron, pero nadie olvidó lo sucedido.
     —¡Es terrible…! Pero podemos mantenerlo en secreto  —Juan quiso rebajar la tensión—, usarlo sólo en casos graves. Por aquí no viene nadie.
     El médico se dio la vuelta y furioso salió de la casa sin despedirse.
    A la mañana siguiente, Juan se acercó de nuevo al abrupto lugar. Se tranquilizó al no encontrar rastro de agua, la hierba se mantenía seca en la base de las rocas. «No volveré a tocar la piedra», se dijo. El médico había conseguido asustarlo. De pronto, un estruendo con olor a pólvora retumbó en el valle. Juan se desplomó. Esta vez, el líquido que manó de la roca dejaba un reguero esmaltado en rojo.


                                                               Lana Pradera



(Relato publicado en la antología anual  en papel de Escritores en Red)(2016)




domingo, 13 de noviembre de 2016

El cupón viajero



El cupón viajero


     Nadie me elegirá al estar sujeto en un extremo del cordel que engalana el kiosco. Además exhibo una cifra sin linaje: no es un número primo ni capicúa, tampoco recuerda ningún hecho histórico ni la terminación es atractiva. Jamás estaré en la lista de los festejados. Así que agradezco el soplo de viento que me arranca de mi lugar. 
     Ahora, empujado por el aire, ansío despertar la ilusión y la esperanza de quién me encuentre, hasta que aterrizo sobre el regazo de un mendigo sentado en el suelo. Su sonrisa de niño grande me hace feliz. De pronto, enrolla mi cuerpo y hace un paquetito para guardar hebras de tabaco. Me coloca sobre su oreja y silba.



                                                           Lana Pradera




(Publicado en la antología anual en papel de Escritores en Red, 2016)
    



martes, 8 de noviembre de 2016

Días con otra magia




Días con otra magia



         Hace unos meses que ella decidió venirse a vivir conmigo. Durante ese periodo de su estancia hubo días en los que se resignó sin rebelarse y días en los que manifestó su disgusto farfullando su marcha. Había decidido acoplarse a mi vida, tranquilizada con la reflexión de que iba a ser algo temporal, a pesar de los consejos médicos, porque lo que tenía muy claro es que ella volvería a su casa y a su mundo, al que no pensaba renunciar.

 A medida que pasa el tiempo las dos nos observamos de forma desigual. Ella emplea miradas interrogantes, indiferentes, en ocasiones retadoras, y las mías son todas indulgentes. Pienso que he entrado en una etapa hiperrealista sin magia alguna y me asusto, pero, en parte, me equivoco. Ella me demuestra que me equivoco.

Habitualmente realizo viajes hacia la fantasía desde mi realidad cotidiana. Me escapo cuando esa realidad es monótona, triste, injusta y hasta dolorosa. Es un acto elegido y deseado para esconder mi identidad; deseo vivir otras aventuras dentro de personajes más libres y heroicos. Unas veces lo hago cabalgando sobre las historias de mis libros; otras,  sobre ficciones imaginadas por mí. Disfruto al elegir otros universos con otras coordenadas. Pero ella no lo hace así. Ella trae la fantasía a su mundo. Quiere recuperarlo a toda costa y no le importa inventarlo con recuerdos antiguos, que trocea y distorsiona para crear situaciones nuevas que taponen tantas lagunas. No quiere perderlo. Deambula en un presente de retazos inventados donde los momentos dolorosos ya no existen, donde oye canciones alegres que la ponen contenta cuando nunca antes le había gustado escucharlas. Una realidad en la que ve personajes desconocidos entre los muebles y mascotas que adora como su desparecido perro Yaky. Siempre está acompañada por mí y cuando llega la noche sigue la tertulia en su habitación con los personajes de su cosmos imaginario sentados alrededor de la cama. Con ellos se lo pasa mejor que conmigo.

—¿Cuantos años tengo?

—Noventa y dos —le digo—. En agosto cumplirás noventa y tres.

—¡Quita, por Dios! Qué cosas dices. Es imposible que tenga esos años. ¿Me tomas el pelo?

Siempre coqueta, va muy arreglada. Su maquillaje, su rímel y su barra de labios: si no se los pinta se los muerde. Eso dice, para poder  retocarlos con frecuencia y en el espejo comprobar que está impecable. Es una amante de los trajes de chaqueta con falda, de colores claros y juveniles que retan al paso del tiempo, y de los tacones deslumbrantes de más de seis centímetros. Ella es así.

—¡Qué curioso! ¿No ves?  Todos los que salen en la televisión tienen la cara diferente. Es muy raro. ¿Qué te parece?

—Pues me parece normal —le digo—.  Si fuésemos todos iguales nos confundiríamos unos con otros y no sabrías si soy yo o la vecina. Sería un caos.

Todas esas singularidades le sirvieron de poco cuando ayer no pudo reconocer a sus nietas en una foto y abandonó en una lejanía borrosa a los biznietos.

—Hay que ver que faena. Se me ha muerto todo el mundo. Ya no me queda nadie de familia.

—¿Cómo que no tienes familia? Estoy yo —le digo.

—Ya no vive ninguno y eso que fuimos nueve hermanos —reitera, los ojos acuosos escudriñan un lejano horizonte.

—Estoy aquí. Yo también soy tu familia —insisto de nuevo. No contesta.

Para ella soy la persona que le obliga a mantener sus rutinas, la que presiona para que coma, la que le da esa pastillas raras que no sabe para qué son aunque lo pregunte a diario, la que no deja que vuelva a su casa para vivir sola como hacía antes. Sin ninguna duda, soy la entrometida que controla su vida.

Una y otra vez vuelve a sus vivencias y es ahora cuando conozco mejor las vicisitudes de mi familia, de mis ascendientes y de ella misma. Profundizo en mis orígenes y llego hasta las raíces últimas de mi identidad. Soy el resultado de un gran amor y sacrificio familiar, de una época, de un tipo de educación y de unos valores que me acompañarán siempre. Es una deuda enorme.





                                                                            Lana Pradera




(Publicado en la antología "El nuevo tintero" de Netwriters)(Enero,2017)(Editorial Atlantis)

domingo, 30 de octubre de 2016

Risa y llanto





                                                                 Risa y llanto

Su entrada en la sala fue elegante y comedida. Captó al instante  la atención de los presentes  por el brillo que desprendían las lentejuelas de su traje, su rostro a la tiza  y  un ridículo cucurucho sobre la cabeza. Entonces abrió los brazos de forma pomposa  para presentar  a su compañero, un individuo  rechoncho,  de nariz colorada y bombín, que al saludar tropezó, hizo equilibrismos y cayó al suelo destartalado. Una risita infantil se abrió paso desde una de las camas en aquel ambiente aséptico, y fue adquiriendo volumen hasta estallar en una carcajada contagiosa que halló un eco clamoroso en el reducido auditorio, mientras una lluvia de sentimientos hacía brillar el maquillaje de los payasos.



                                                                                                         Lana Pradera



(Publicado en la Antología anual de Escritores en Red) (2016)







jueves, 23 de junio de 2016

El vacío y la nada

Imagen extraída de Google




       Había sofocado los ruidos de su pequeño mundo empujando a la nada discusiones, llantos y obligaciones. Hasta los ecos abandonaron el hogar. Pero el vacío acústico no era suficiente. Necesitaba concentrarse para escribir la novela perfecta, la que le haría rico y famoso más allá de la muerte. Entonces se deshizo también de los muebles y de sus contenidos, convencido de que así trabajaría al fin sin distracciones. Se acercó con valentía a la nada para despojarse de sentimientos inoportunos y a pesar del esfuerzo, se vio sentado en el suelo junto a la hoja de papel, sin encontrar el comienzo de la historia. La mente errática se perdía en el vacío. Su cuerpo descuidado le enviaba avisos de advertencia y supo entonces lo que debía hacer. En cuidada caligrafía escribió sólo una palabra: «Fin».


                                                                         Lana Pradera




(Publicado en la Antología anual de Escritores en Red) (2016)

sábado, 14 de mayo de 2016

Última Oportunidad





Última oportunidad



        Nunca he arreglado mis destrozos, pero hoy  me va la vida en ello. He anotado en una lista lo necesario: un buen pegamento que sujete promesas desprendidas, un abrillantador para restaurar la luz de mis ojos que antes te miraban con deseo y unos tapones para que el oído sofoque los cantos de sirena que te alejan cada noche de mi día. No olvido una broca para pulir las aristas de recuerdos amargos que no caben por el sumidero del olvido y obstruyen la llegada de un nuevo presente. El acabado es un barniz de perdón que respeta las cicatrices de la experiencia y realza el valor de mis sentimientos. Ahora, mi corazón te hace guiños para que vuelvas.



                                                                                                       Lana Pradera





(Publicado en la antología anual de Escritores en Red) (2016)


(Microrrelato ganador en Gigantes de Liliput de Netwriters - 27-4-2016- Tema- Bricolaje)

 http://netwriters.es/ultima-oportunidad/





martes, 19 de abril de 2016

Por los aires


Por los aires

Las escaleras son objetos en los que no suelo pensar, porque las aborrezco.

Sé que diréis: ¿Cómo puedes opinar así de ellas? Incluso, desearíais  convencerme de que son estructuras maravillosas que, desde la antigüedad, han elevado el ego humano a una altura insospechada. Es posible. No me resulta difícil admitir que el hombre ha conseguido alzarse, peldaño a peldaño, sobre el resto de seres del planeta y disputar la hegemonía de los cielos a todos los bichos alados que surcan el firmamento. Pero en mi caso, el resultado ha sido funesto.

La sola visión de una escalera vuelve a recrear en mi cerebro situaciones humillantes que me han perseguido toda la vida. Me he caído en todas las que conozco. ¡Sí! Habéis leído bien. He rodado por ellas como un fardo, he roto zapatos y huesos, y hasta he enseñado las bragas. Ahora llevo unos tangas monísimos y los pantalones predominan en mi vestuario.

Cuando se generalizaron los ascensores, puse velas a la Virgen agradecida. De no haber sido por ellos, hoy no estaría con vosotros desbrozando parte de mi biografía.

En el colegio, competía con las amigas. Contábamos el número de cardenales que lucían nuestras piernas. Siempre ganaba yo, aunque ellas presumían de conseguirlos mientras patinaban en la pista de hielo, se tiraban por el tobogán o andaban en bici. Lo mío era más aburrido.

Recuerdo el día más importante de mi corta vida infantil. Me iban a poner de largo. La primera comunión era un acontecimiento memorable para cualquier niña y yo me sentía la princesa de mi propia historia: vestida de blanco, llevando sobre la cabeza un velo hasta los pies unido a un tocado de flores, como una corona, que sujetaba una melena de tirabuzones hechos con tenacillas. Pensando en los preparativos, tuve fiebre la noche anterior y no pude dormir.

Era la hora. Los dos tramos de escalones alfombrados del portal me aguardaban. Un rellano los separaba con dos enormes espejos que flanqueaban los laterales hasta el techo. Al final de la escalinata esperaban mis súbditos: padres, tíos, amigos y fotógrafo. Inicié el descenso. Sujeté los laterales del vestido, como lo hacían las reinas en las películas. Me sentía una de ellas, henchida de gracia y elegancia. Al llegar al descansillo y ver en las lunas mi reflejo multiplicado hasta donde alcanzaba la vista, me sentí transportada a un mundo mágico. Giré como una peonza para verme desde todos los ángulos hasta que tropecé con mis pies y caí rodando hecha un amasijo de tules y enaguas. Mi nariz sangraba sin freno. Fui la única que comulgó vestida de calle a pesar de todos los lloros.

Otro recuerdo imborrable se produjo cuando empezaba el primer curso en la universidad. Unos días antes de asistir a mi primera clase había hecho un descubrimiento genial. Aumentaba seis centímetros de estatura con sólo subirme a unos tacones que, desde entonces, se soldaron a mi anatomía. Más de doscientos alumnos accedíamos al Aula Magna por la parte elevada del anfiteatro. Una escalera central con peldaños de poca altura descendía hasta la mesa del profesor. No hace falta aclarar que bajé ese trecho como si volase sentada en la alfombra de Alí Babá. Fue una entrada triunfal e incluso tuve imitadores.

Y por último, cómo voy a olvidar mi boda. Dije un no rotundo al traje blanco y a los velos; no a las escalinatas; no a las multitudes. Nos casamos en diciembre, un día antes de los Santos Inocentes, menos mal, en pleno luto nacional por la muerte de Franco. Y no fue de tapadillo como murmuraron algunos. Pensaron que estaba embarazada, pero no. La capilla era pequeña y el sacerdote resultó ser un progre de izquierdas; así que puso de vuelta y media a todos los presentes.  A la salida, el diluvio. Mi flamante marido y yo resbalamos en el bordillo de la acera y despatarrados allí, fue donde nos hicieron las mejores fotos. El ramo salió despedido y lo cogió el cura que, al tiempo, dejó de ser tan cura. Desde entonces hemos dudado si estábamos canónicamente casados.

         Por suerte, continua la lucha contra las escaleras y ahora predominan las rampas con lo que mi esperanza de vida parece alargarse.


                                           
                                                                             Lana Pradera




(Publicado en la antología "El nuevo tintero" de Netwriters) (Enero, 2017) (Editorial Atlantis)

sábado, 5 de marzo de 2016

Revista Ultraversal

   He sentido una alegría enorme al ver que la Revista Ultraversal ha incluido en su quinta edición tres de mis microrrelatos. Mi agradecimiento más sincero al equipo directivo por contar con mi trabajo. Es un placer compartir espacio con escritores de tanta solvencia.


   No te pierdas todo lo que Revista Ultraversal trae para ti en su edición número 5 y léela online o descárgala gratuitamente haciendo clic aquí:

Revista Ultraversal ed. nro. 5

sábado, 27 de febrero de 2016

Presentación Antología de microrrelatos - Pequeños Gigantes

    
El día 5 de febrero Ediciones Atlantis y Netwriters presentaron en Madrid  la antología de microrrelatos Pequeños Gigantes. En ella participo con nueve micros y me siento muy orgullosa de compartir espacio con el excelente trabajo de doce magníficos escritores que, a la vez, son estupendos compañeros y amigos.
                   



                               

(Emilio Porta - Fundador de Netwriters)

(Enrique Gracia Trinidad - Fundador de Netwriters)

          
(Carmen Fabre - Fundadora de Netwriters. Miembro de su Junta Directiva y responsable de la publicaciones de narrativa)


         

                                                      (Lana Pradera)