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sábado, 1 de diciembre de 2018

Los dos lados de mi casa




Los dos lados de mi casa

           La entrada de casa da un pasillo recto que la divide en dos partes iguales. La parte derecha es luminosa y moderna; desde la cocina se ven numerosas plantas colocadas junto a la pared bajo los ventanales de un patio alargado y cubierto. La de la izquierda es sobria, más clásica, con numerosos adornos. Los muebles son de estilo como los de mis padres. Parece que hubiera querido reproducir un pedacito del hogar en el que me crié. Sin embargo, es en el lado derecho donde respiro; donde el ambiente huele a flores y a tierra húmeda; en el que disfruto de esos pequeños trozos de naturaleza raptada. Olores que a ciertas horas se mezclan con vahos de guisos de puchero y de fritos. En el patio un fondo de música alegre me envuelve, puedo escuchar los ecos suspendidos de las risas de los niños, recordar el barullo de sus juegos, la algarabía de las fiestas familiares. Y recostada sobre una tumbona, puedo observar el cielo y las estelas que trazan los aviones. Ese rincón es mi lugar de lectura preferido; al lado de un ficus de dos metros, que ha cumplido treinta y cuatro años, en el que todavía cuelga una bolita dorada de la última Navidad. Desde la habitación, que antes era de mis hijas, también se ve el ficus. Sigue siendo un lugar de estudio. Ahí escribo y deambulo por mundos imaginarios. Paso la mayor parte del tiempo en esa mitad de la casa. Cuando voy al otro lado, el de los muebles oscuros, cruzo el pasillo y es como si diera un salto en el tiempo; me veo inmersa en el pasado. Regreso a mi juventud cuando paseo la vista por las librerías del despacho. En el salón, entre las fotos, hay demasiados recuerdos. Algunos oprimen el pecho. Cuando me demoro allí, solo el parloteo del televisor consigue adormecer mis sentidos, distraer las tristezas. Por eso he pensado en cambiarme a una nueva casa, decorada con muebles claros, que tenga más espacio, más luz, más terrazas y muchas plantas, y en la que no haya ningún pasillo que marque frontera en mi corazón.


                                                                               Lana Pradera










                                               

miércoles, 31 de enero de 2018

La puerta

                                         

                                                            La puerta

      Pensé a menudo que la puerta que tenía que cruzar todas las tardes era un ente con personalidad propia. Era moderna, acristalada y, por supuesto, automática. Cuando alguien se acercaba se abría silenciosa sobre su riel, aunque conmigo de vez en cuando jugaba. Era su ojo vago el que un día se negó a verme y me obligó a sacar las manos con premura para evitar estampar mi nariz contra el vidrio transparente. Entonces me puse de mal humor, porque siempre iba distraído y  no quería parecer ridículo ante los ojos de las personas sentadas en el vestíbulo, que con seguridad esperaban que pasase algo, cualquier cosa que les sacase del aburrimiento diario.

 «¡Mira que no estoy para bromas, la próxima vez meto el pie aunque te reviente!», le dije ayer. No sirvió de nada. Hoy esperé esos segundos que se tomaba para observarme. Y desde luego que lo hizo. Incluso diría que leyó mis pensamientos machacones y mis miedos; por eso se empeñó en ponerme alerta unos  instantes, en sacarme de esos bucles existenciales en los que campa a sus anchas la ansiedad y la agonía. Ella quiso que estuviese despierto, que mirara mi entorno de frente sin tapujos y encontrara de nuevo la esperanza, incluso aquí.

Al entrar saludé mirando a izquierda y a derecha. Me devolvieron el saludo algunos amigos de tertulias inconexas. El ambiente, parecido al de la terraza concurrida de un bar, me permitió examinar a la gente. Había llegado temprano y decidí sentarme hasta que fuera la hora. En el rincón de la derecha, un grupo de señoras en sillas de ruedas conversaban animadas. El resto del lugar estaba ocupado por personas silenciosas,  lo que les permitía entretenerse con sus pensamientos mientras esperaban ese último tren a las estrellas. La puerta cerrada vigilaba con su ojo parpadeante.

A los pocos minutos me fijé en una mujer. Su pelo era blanco. Lo llevaba recogido en un moño alto. Mechones cortos adornaban los lados de la cara y la frente. Aunque le sobraban algunos kilos, vestía con una chaqueta de punto roja y unos pantalones negros. En su silla rodante, se acercó a un hombre sentado en una butaca. Él se encontraba de espaldas a mí y  solo veía su cabeza tapada por una visera deportiva, probablemente regalo de algún nieto. Entonces contuve el aliento y la miré. Sus ojos desprendieron una luz inconfundible y acecharon a aquel hombre con ternura. Le habló suave, en un susurro y sonrió pícara, mirándole de perfil con el rabillo del ojo, con esa coquetería femenina que no caduca a pesar de los años. La vi encandilada aderezando el cortejo con una franca sonrisa. Daba igual que en esa  boca faltara algún diente. La sonrisa era sensual y la hacía parecer más joven. Deslizó la silla alrededor de su amigo, como si iniciara un paso de baile para después tenderle la mano y conseguir que él tirara de ella acercándola hasta que las piernas de los dos llegaron a tocarse. Repitieron estos escarceos durante unos minutos, hasta que juntaron sus manos y aproximaron sus caras para decirse al oído un te quiero mimoso y dulce.

El tiempo se paró y la complicidad de la pareja irradió una paz redentora. Fui testigo de un milagro en esta parada de un solo tren.

 Ajeno a todo lo que no fuera esa sonrisa y esas miradas, no escuché que me llamaban.

—¡Don Mateo! ¡Don Mateo!

—¿Sí? Perdón. Estaba distraído, doctor.

—No se preocupe. Hoy puedo darle buenas noticias. Su mujer se está recuperando y los resultados de las pruebas son excelentes, pronto podrá hacer una vida normal e irse a casa.

Suspiré  con profundo alivio y fui al encuentro de mi esposa para abrazarla y transmitirle los nuevos ecos de vida. Siempre verá en mí una sonrisa, unos brazos dónde apoyarse y un amor como el que transmitía la mujer de rojo.

Cuando salí, vi que la puerta se mantenía abierta con chulería. Había conseguido lo que quería: que mirara hacia afuera y encontrara la paz. Me alejé y siguió abierta. Creo que  supo que a mi mujer y a mí nos quedaban otros andenes y otros trenes.

                                                                              Lana Pradera




jueves, 30 de noviembre de 2017

El enfado de la Luna

                                                     
   
                                                 El  enfado de la Luna

      Cuando el Sol se desliza por el horizonte para escudriñar la otra mitad de la tierra, parece que la negrura domina el cielo. Entonces aparezco yo al relevo, la Luna, como el ojo vigilante de la noche, tenue y discreta, para iluminar los sueños de las almas que pueblan ese medio mundo.  Puedo adivinar sus anhelos y escuchar a lo lejos el susurro de sus plegarias. Llego a sentir sus temores y alegrías. También veo cómo algunos me contemplan antes de dormir y rememoran antiguas leyendas. Sé que en sus mentes miden el tiempo que falta para verme redonda. Una aparente preñez que se desvanece al finalizar la lunación, pero, no obstante, consigo maravillarles al  mostrarme completa, porque advierten que soy más que una pequeña esfera. Me convierto en atributo de las diosas, a las que los hombres invocan con ritos y agasajan con fiestas y ofrendas para fertilizar los campos. Muchos pueblos me adoraron y los templos alzados en mi honor aún persisten.

      Pero hoy es Navidad y a mí no me miran. Todos examinan el cielo buscando esas motas luminosas, lejanas y frías, que suspendidas en el espacio aguardan su momento de gloria. Esperan un milagro: un día mágico en el que miles de estrellas jubilosas se amontonan y peinan sus melenas alargándolas en el firmamento formando estelas deslumbrantes. Una de ellas, la más brillante, será la que lleve de la mano a los Reyes de Oriente, a los pastores y a toda una humanidad desorientada, hasta un portal en Belén donde dicen ha nacido un redentor, hijo del único Dios.

     Me siento  agraviada  y relegada. Todo el año he alumbrando las noches de los habitantes de la tierra a las mismas horas; nunca les fallo, pero hoy me abandonan por un resplandor fugaz y momentáneo. Enfurruñada, afilé mis puntas y con ellas me prendí en dos  nubes negras, me recosté entre ellas y todo mi entorno se oscureció.

      Al poco, a lo lejos, oí mi nombre con insistencia:
—Luna, Luna, ¿dónde estás?
Era Santa Claus en su trineo que, perdido, daba vueltas cerca de mí sin saber por dónde andaba.
—Pero, Luna, ¡otra vez no! ¡no puede ser! ¡todos los años igual! —siguió rezongando Santa—. Esos celos... ¿Es que no ves que llego tarde y los renos no encuentran el  camino de las chimeneas? ¿Qué van a  decir los niños si mañana no encuentran sus regalos? Venga, venga, sal de ahí y acompáñame —dijo, impaciente.

      Un reno pequeñito que iba  acurrucado cerca de Santa, quiso jugar conmigo y me hizo cosquillas hasta que consiguió hacerme reír. Ya más contenta, extendí mi cuarto creciente y les indiqué el camino para que llevaran mi luz a todo los hogares. No quería ver las lágrimas rodar en la cara de los niños, que con tanta ilusión pusieron sus zapatos al calor del hogar, llenos de sueños por cumplir. Los Reyes y Santa tenían una misión importante y yo les escoltaría en ella.

      Al terminar mi recorrido, vi que el sol avisaba su llegada. A empujones me mandó salir de sus dominios y mientras me retiraba le dije: «No te pavonees tanto que cuando te vayas, la noche volverá a ser mía y en la oscuridad siempre fluye magia».

     ¡Feliz Navidad! La Luna.


                                                                         Lana Pradera


lunes, 30 de octubre de 2017

El caso arroba

                                                           
                                                          

                                         EL CASO ARROBA

      Sobre la mesa estaba aquel expediente en el que intervine, como subinspectora, junto a mi esposo. Aquel abultado fichero, de color marrón deslucido, consiguió aplastar nuestra vida familiar.
      Solté despacio las cintas que cerraban el archivador y con cuidado fui pasando las hojas en un intento final de comprender lo que había sucedido ante mis ojos. Coloqué los folios y las fotos sobre la mesa; las imágenes y los recuerdos quemaron mi corazón como si de acero derretido se tratara. 
      Aquel día me desperté inquieta, sin que recordara haber soñado nada especial, pero más tarde supe que tuve un mal presentimiento. Miguel ya se había levantado y fiel a su rutina volvería después de correr un poco y comprar el periódico.
       Los niños en la cocina alborotaban más de la cuenta, así que, perezosa y sin mirarme al espejo, salí para poner un poco de orden. Cuando me vieron, los dos pequeños se rieron a carcajadas mofándose de mi pelo alborotado y en punta, mientras Pablo, el mayor, ojeaba con desgana un comic.
      —Venga, venga, a desayunar —dije, mientras me peinaba con los dedos y empujaba al benjamín que se hacía el remolón.
      Un portazo acalló todas las voces. Miguel entró en la cocina con prisas, me besó y se excusó ante sus hijos:
      —Lo siento, chicos. Me han llamado de la comisaría. Ha debido ser algo gordo. Y además es en vuestro colegio.
      —¿En el colegio? Hoy es el Día del Padre y domingo; no hay colegio —le interrumpí medio dormida—. Pensé que podríamos comer juntos. Además, los niños tienen un regalo para ti.
      —¡Imposible! Tú también vienes, nos han convocado a los dos. Tienes cinco minutos —insistió, nervioso.
      —Pablo, tú eres el mayor; te quedas a cargo de tus hermanos hasta que venga la abuela, ¿vale? —daba órdenes mientras cogía una prenda aquí y otra allá vistiéndome como podía, yendo hacia el baño para recogerme el pelo y lavarme la cara.
      —Lo celebraremos en otro momento. Ahora tenemos que irnos, es un asunto grave. Tal vez por la noche podamos reunirnos. Y no pongáis esas caras, os lo compensaré, prometido —les aseguró con firmeza.
      Vi como los tres atrapaban esa última palabra al vuelo, aunque el tono de su padre no les sonó convincente. Salimos a la calle corriendo.
      Aunque no era lo habitual, trabajábamos juntos en la brigada de homicidios a pesar de estar casados. Por primera vez nos encomendaban el mismo caso.
      Cuando llegamos, Miguel, que a fuerza de práctica mostraba una gran entereza, empezó a dar órdenes. Como inspector jefe le pusieron enseguida al corriente:
      —Detrás de los árboles, dos cadáveres —dijo un policía, mientras señalaba el lugar donde los había encontrado el vigilante del centro, alertado por los ladridos de un perro que merodeaba por el lugar.
      Nos íbamos acercando, a la vez que seguíamos atentos al informe detallado de lo sucedido. «Dos adolescentes, desaparecidos el día anterior, de quince años, chico y chica; él con la cabeza destrozada con un bate de béisbol está tendido en el suelo con los pantalones bajados; ella, medio desnuda, la hemos encontrado más lejos, con la cara amoratada de un fuerte puñetazo que la debió estampar contra esa valla metálica rota, de la que sobresale un grueso alambre en punta que le ha seccionado la yugular y causado la muerte. Junto al cuerpo se ha encontrado una carta con el signo de la arroba. 
      —Qué curioso, es el signo de la dualidad —dije.
      El oficial le dio la carta a Miguel sin abrir. Iba dirigida a él:

Inspector D. Miguel Bermúdez.
23-Mayo-2012

Querido papá:
Sé que esto no ha sido el mejor regalo para celebrar tu día. No pude evitarlo, sentí odio y rabia. Yo quería a Elisa y creía que ella a mí también. La respeté como me enseñaste y soñaba con un amor verdadero. Pero ella me engañaba. Conmigo era tímida, pero con Juan se comportó como una puta. A mi casi no me dejaba besarla y en cambio con ese jodido entrometido se abrió de piernas sin pensarlo. Les pillé follando y no pude soportarlo, me volví loco. Quise hablar con ella, no iba a matarla, se me fue la mano y se dio con la valla. ¡Fue horrible! Merezco un castigo, pero no te preocupes, papá, soy menor y me soltarán pronto. Cuando leas esto estaré esperándote en casa. Seguiré estudiando y me darán la beca que querías. Todo volverá a ser como antes. Te compensaré, lo prometo.
Te quiero, papá.
Pablo.
      Mi marido se desplomó de rodillas llorando y me dio la carta. Creí morir allí mismo.


                                                                                   Lana Pradera






(Publicado en la revista digital de invierno número 26 de Escritores en Red - (2017-2018)

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jueves, 14 de septiembre de 2017

A fuego lento

                                                            A fuego lento


      Julián se estremeció al ver entrar en la sala al juez y al fiscal ataviados con la toga negra. ¡Pájaros de mal agüero! Miró a su abogado, que a su izquierda vestía igual, lo que incrementó su inquietud. Por unos instantes, frenó sus ansias de huida al fijar su  atención en los encajes blancos de las mangas del juez. Eran parecidos a los que su madre confeccionaba a ganchillo para decorar los sillones de la casa.
      El juez habló a los presentes:
—Se procede a la celebración del acto del juicio, procedimiento penal 60-2017, en el que figura como acusado Julián García; estando presentes el ministerio fiscal…
      Julián se desconectó de la voz monótona del juez. Evocar el cadáver carbonizado de su esposa le provocaba un estado catatónico, casi plácido. Eso le distanció del murmullo de los letrados y del sonido provocado por el roce de los documentos que intercambiaban. Su pensamiento siguió vagando, ahora, dentro de la imagen de un ensordecedor ring de combate donde todo valía: discusiones, gritos, golpes y en el que siempre ganaba él. Ella no aprendía. Siempre tan torpe, hacía todo lo que le desesperaba. Era una zorra.
      El fiscal se dirigió al acusado:
—Se le acusa de haber dado muerte a su esposa. ¿Cómo se declara? ¿Culpable o inocente?
—Inocente —dijo Julián, agarrándose al micrófono como si fuese un salvavidas.
—Estamos aquí para probar que el acusado prendió fuego a su mujer causándole la muerte, hecho que sucedió en su domicilio.
      Julián, desamparado, no perdía de vista a su abogado. No había sido un marido ejemplar, pero no se consideraba un asesino. ¿Qué más tiene que aguantar un hombre?
      Pasaron las horas, los testigos, las pruebas y aunque los vecinos declararon la mala relación de la pareja y los malos tratos del acusado hacia su esposa, el día de autos  no habían oído ningún ruido.
      El reo, arqueando las cejas en un gesto compungido, esperaba la intervención de su letrado.
—Según lo investigado —alegó el forense, el fuego ha sido la causa de la muerte. No se han encontrado otras evidencias debido a que los restos de la víctima se hallaban carbonizados. El fuego ha actuado con una rareza inusual, no se ha encontrado el origen del mismo y las altas temperaturas no han afectado al resto de la habitación. El cuerpo, quemado hasta tal extremo, tiene difícil explicación.
       Julián no recordaba nada. Tampoco sabía cuándo había empezado el fuego. De forma dispersa evocaba la música de fondo que se alzaba en el local sobre el barullo de la gente o el líquido ardiente que bajaba por su garganta: contaba, uno, dos, tres vasos de wisky…, hasta que un guardia se lo llevó tambaleando y esposado del bar.
      Era el turno del abogado defensor:
—Señorías, demostraré que mi cliente no es culpable de los hechos que se le imputan. No se encontraba en la escena del crimen. Las huellas encontradas en la casa son las esperadas al ser la vivienda del acusado. Tampoco hay restos de combustible en los restos hallados. Por ello me apoyaré en estos precedentes, casi doscientos casos; el más antiguo data de finales del siglo XVlll, cuya documentación entrego y en los que no se ha llegado a esclarecer las circunstancias de un fuego tan voraz ni su origen. La base del estudio parte de la teoría de que el cuerpo humano puede arder de forma espontánea sin que exista causa alguna. Además, el hecho de que no haya daños en la habitación y el cuerpo esté reducido a cenizas, presupone unas temperaturas muy elevadas que solo se alcanzarían con un fuego lento, de llamas bajas, alimentado por la grasa corporal y la ropa, que actuarían como una mecha. Esto deja el caso en un simple accidente originado, tal vez, por la electricidad estática.
      Julián lanzó un suspiro de alivio y se relajó al ver la perplejidad reflejada en la cara del juez y del fiscal.
      Al cabo de unos días, el juez dictaminó la retirada de la acusación por falta de pruebas.
      El secretario:
—Le llama su esposa, señoría. —Éste le arrebató el teléfono.
—¿Yo qué te he dicho? ¡Bajo ningún concepto me llames al trabajo! —dijo, furioso—. Ya te arreglaré las cuentas cuando vuelva a casa. Y puede que de forma muy luminosa.

                                                                    
                                                               Lana Pradera


(Publicado en la revista digital de invierno número 26 de Escritores en Red - (2017-2018)
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martes, 23 de mayo de 2017

Día de nervios


Día de nervios

      Los preparativos para tener lista la pasarela estaban a punto de terminar. El desfile de alta costura presentaría una colección del afamado diseñador Albert Catalá, en el que las modelos lucirían los peinados del también conocido peluquero Didier Dumont. Ambos ocupaban las portadas de numerosas revistas de moda de gran tirada.  
      Desde la madrugada, las salas habilitadas para peluquería, probadores y almacén, que se situaban detrás del escenario, eran un hervidero de personas que iban de un lado a otro cumpliendo su cometido con una exactitud milimétrica. Sin embargo, donde los nervios estaban a punto de perderse era en la peluquería. Didier tardaba en adaptarse  a los nuevos espacios y no encontraba los utensilios que necesitaba.
      —¡Puri! ¿Pero dónde anda esta chica? ¡Puri!
      Puri dejó lo que estaba haciendo al oír la voz atiplada de su jefe.
      —¡Vamos! ¿No me ves? Necesito otra plancha de pelo, esta no funciona y no puedo esperar.
      Puri había sido contratada en prácticas y llevaba pocos días en plantilla cuando se vio inmersa en el traslado y la vorágine de trabajar entre bambalinas. Miró a su jefe y asintió solícita: se dirigió con toda rapidez al almacén. Al volver, la llamaban tres personas diferentes  y su nombre, como si fueran tres balines, se incrustaron en su estómago, encogiéndolo. Agobiada, atendió a todos a medias.
      Didier la observaba, crítico: ¿cómo había podido la empresa enviarme una chica tan torpe? Hasta tuve que enseñarle a lavar el pelo y aplicar un masaje. Y no digamos a coger las tijeras: era un peligro. Si no mejora, tendré que prescindir de ella después del desfile.
      Las pocas habilidades de Puri y el aspecto anodino que le daba su vestimenta, con una chaqueta de punto que era más propia de una abuela, las gafas de pasta que ocupaban toda la cara y la falda a mitad de la pantorrilla,  contrastaban con el glamur que desprendían las modelos, incluso estando en bata.
      Didier frunció el ceño y volvió a la carga.
      —¡Puri! Pasa a lavar el pelo a Mara y a Silvia, ¿no ves que están esperando?
      La observó mientras se dirigía a ellas y le gustó su forma de andar. Pensó que no lo hacía mal del todo.
Mara y Silvia habían entrado conversando muy animadas, pero al cabo de un rato se callaron y empezaron a encontrarse mal. Mara vomitó camino del baño y Silvia se desvaneció en el sillón de lavado con el consiguiente susto de Puri, que se puso a llorar y a gritar.
      —¡Llamen a una ambulancia! ¡Rápido! —pidió Didier—, le habrá sentado mal la comida.
      Didier, al límite del estrés, vislumbraba su fracaso. No podía prescindir de la modelo más famosa. Ella Iba a lucir un peinado muy innovador, una obra de arte que encajaría de maravilla con los vestidos de Catalá. Desesperado, buscaba una solución. Terminó por fijarse en Puri que se había quitado las gafas y le miraba con unos ojos azules desbordados de lágrimas y algo miopes.
      —Ven aquí —le instó Didier. ¿Cuántas dioptrías tienen las gafas?
      —Cuatro —dijo la chica, compungida.
      —Que alguien consiga unas lentillas de cuatro dioptrías —ordenó al personal—. Siéntate, Puri, a partir de ahora no te va reconocer ni tu madre.
      El resultado fue sorprendente e inesperado. Aquella insignificante aprendiza podría sustituir a la reina del desfile. El milagro se había conseguido con unos tacones de diez centímetros, un top con transparencias y una minifalda ajustada. El maquillaje le daba profundidad y amplitud a unos ojos azules de por sí ya  bonitos, y resaltaba unos labios bien dibujados y sensuales. Por último, el corte de pelo, desfilado y atrevido, le había proporcionado el encanto que necesitaba.
      Antes de salir a la pasarela Didier le dijo a Puri —: desde este instante te llamas Irina.
      Los periodistas y fotógrafos que cubrían el evento catapultaron a la nueva modelo al estrellato. Como buenos sabuesos habían encontrado el filón de una increíble historia. El éxito sonrío de nuevo a Didier.

      Pasaron unos meses. El teléfono sonaba insistente. Didier resopló al descolgarlo.
      —¡Didier! ¡Soy Irina! ¡Estoy harta de esperar! Te conviene ser más diligente si no quieres que cambie de peluquero. Quiero verte aquí, ¡ya!

                                    
                                                       Lana Pradera


lunes, 5 de diciembre de 2016

Miedo en las alturas

                                                       


Miedo en las alturas


¡No es posible! ¡Son las ocho! Voy a llegar tarde al aeropuerto. No puedo faltar a la reunión de la empresa. Es vital captar al cliente asiático ¿Cómo es posible que a pesar de sonar la alarma me quedara de nuevo dormido? Claro, estoy solo en casa y no he oído ningún ruido. Menos mal que dejé la cafetera preparada y solo falta meter en la maleta un pijama y la máquina de afeitar. No me queda más remedio que hacer varias cosas a la vez: llamar a un taxi, beber un café negro sin azúcar y mirar a través de la ventana para ver si llueve.
     ¡Maldita sea! Esta llave no entra bien. Forcejeo sin poder cerrar la puerta del piso. Llamo al ascensor y como siempre, sube ronroneando como un gato perezoso. ¡Venga, joder,  que es para hoy!
     Al menos el taxista ya me espera en la puerta. Le he pagado por adelantado más dinero del que cuesta la carrera para no perder  el tiempo y que pise el acelerador. Al fin se divisa el aeropuerto. Después de tantos semáforos y retenciones noto cómo se me acelera el pulso. Llego a la terminal sudando y con la respiración entrecortada. Después del  sprint me propongo hacer algo de deporte. Parece que me va a dar algo. Si no fuera por este trabajo,  ¡a estas horas me subía yo a un avión!
     ¡Qué guapa es la azafata! Me hace pasar con una sonrisa de modelo. Vaya, aquí también tengo que esperar a que el hombre que está delante de mí coloque su equipaje. Para abreviar decido ayudarle a colocar una de las mochilas que lleva. Al levantarla percibo una pulsación, o ¿es un tictac? Al volverme, observo que la cara barbuda de su dueño no hace ningún gesto de agradecimiento. Espero no tener que aguantarlo a mi lado.
     El avión despega y mis preocupaciones aumentan con el riesgo del viaje. No soporto los aviones, me hacen sentir vulnerable y miedoso como un niño. No sé quién es el comandante. Dicen malas lenguas que a los jefes de vuelo les gusta beber,  con eso de que el trabajo duro lo hace el piloto automático se quedan tan anchos. Los ruiditos de la mochila asaltan mi memoria. ¿Debería decirle algo a la azafata? Va a pensar que soy un histérico y que veo demonios  donde no los hay. ¿Y si es una bomba? De todas formas, para algo ponen los escáneres en la entrada del aeropuerto. Soy un imbécil. Si es una bomba ya no hay remedio. Moriremos todos.
     Suspendidos  a más de diez mil metros, volamos sobre algodones blancos y mi ánimo se queda  igual de colgado que el avión. La ingravidez aparente me hace sentir, por un instante, una paz  que me hacía falta. ¿Por qué me esfuerzo tanto en el trabajo? Uno no debería matarse para poder comprar una vida de lujo. No hay tiempo para disfrutarla si la ambición se desboca. Y es tan fácil que todo desaparezca en un segundo. Tengo que hacer testamento, no puedo dejar mis asuntos tan desorganizados. El tictac vuelve de nuevo a mi mente. Tengo que avisar. ¿Y si está en mi mano evitar la catástrofe?
     —¡Azafata!¡Azafata! — Ya viene—. ¿Puede traerme algo de beber?
     ¡Cobarde! ¿Pero qué me pasa? Tengo la obligación… ¡Estoy harto de obligaciones! Igual es mejor desaparecer  de una vez. ¿Quién me va a echar en falta? ¿Mi mujer? Ya…, hace tiempo que sé lo que hace. ¿Mis hijos? No los soporto: adolescentes malcriados que sólo saben pedir dinero. Ninguno de ellos quiere seguir mis pasos y mantener la empresa en la que he dejado mi vida. Les soy más rentable si muero hoy. Al menos, me recordarán agradecidos por no haberles dejado ninguna deuda.
     Noto la vibración del avión. Entramos en una zona de turbulencias.
     –¡Azafata!¡Azafata! —quiero que se acerque—. Ese hombre de ahí delante, el de la barba, ha subido una mochila a bordo, puede ser un terrorista. He oído ruidos dentro.
     Todas las miradas del pasaje me taladran. Tanto escándalo por unos relojes infantiles de pared. El hombre con pinta de afgano me mira amenazante. Deseo desaparecer. Soy un ejecutivo competente, sé tomar decisiones y calibrar las situaciones de riesgo. ¿Cómo es posible que haya llegado al estado de pánico?
     El avión aterriza y ya en suelo firme me digo convencido: «tengo que plantearme viajar en otros medios de transporte».

                                                   Lana Pradera

                                                        

martes, 22 de noviembre de 2016

Historia del pasado



Historia del pasado

La casa de Juan destacaba  en la ladera del monte por su tejado de pizarra a dos aguas y las molduras rojas de puertas y ventanas que rompían el  blanco de los muros. La construyó su padre desoyendo los consejos de sus vecinos, que nunca se acercaban por esos parajes.
     Juan no lo entendía: aquel lugar con árboles y ricos pastos era ideal para una granja. Nadie quiso explicarle por qué los ganaderos del pueblo utilizaban otros pastos de montes contiguos.
     Cuando todo parecía ir bien, su padre murió. Al poco tiempo, su madre se puso enferma y Juan tuvo que hacerse cargo de las faenas de la granja a una edad temprana. «Este lugar los ha enfermado, los vecinos tenían razón», pensó, pero pronto dejó de lado las supercherías y trabajó con tesón para cuidar de su madre.
     Terminadas las tareas de ese día, Juan emitió un agudo silbido para que le acompañara el perro.
     —Ven, viejo amigo hoy nos toca riscar a nuestras anchas. Todo el monte es nuestro.
     Un ladrido de asentimiento y un meneo frenético de la cola le indicó que era bien recibida la decisión.
     Juntos pasearon y retozaron hasta llegar a la zona rocosa del otro lado del monte. A Juan le impresionaban aquellos enormes montículos de piedras oscuras tan diferentes al resto.     Le gustaba pasar las manos por esas superficies lisas y notar ese tacto suave en contraste con la dureza de sus componentes. Y entonces hablaba en alto de su madre y de sus preocupaciones como si estuviese frente a un oráculo.
     —¿Crees que en este lugar hubo alguna vez  agua?
     El perro con las orejas en punta y la lengua fuera había entendido la última palabra. Juan sacó la cantimplora y le dio de beber en un cuenco de metal.
     Volvió a acariciar la piedra con ternura como quien ordeña una ubre colmada. Las manos, ahora húmedas, le desconcertaron.
  —¡Estaba en lo cierto! ¡Mira, es agua! —Un hilillo de líquido transparente barnizaba la roca a su paso. Se apresuró a recogerlo en su petaca antes de que se agotara.
     Cuando llegó a casa,  preparó un té a su madre con el agua del manantial. Siempre había oído que en la naturaleza se podía encontrar el remedio a todas las enfermedades. ¿Y si sus plegarias hubieran sido escuchadas?
     A los poco días el médico fue a la casa para visitar a la enferma, la encontró cocinando y de buen humor.
     —¿Qué hace levantada?
     —No se preocupe doctor. Me encuentro bien. Ha sido un milagro.
     El doctor, extrañado, se volvió para hablar con Juan en otra habitación.
   —¿Qué ha pasado aquí? —dijo bajando la voz—. No creo en los milagros. Ya sabes que ella estaba desahuciada.
     Juan se encogió de hombros y se hizo el despistado. El médico se acercó, le cogió del brazo y lo zarandeó.
     —No seas estúpido, dime qué le has dado. Te has metido en un buen lío, chico.
     —Sólo le he dado infusiones hechas con plantas del campo —respondió zafándose del brazo que le sujetaba—. No tiene derecho a…
     —¿Crees que puedes mentirme?  No has nacido aquí, no sabes nada de la historia del pueblo, de sus terribles leyendas— le gritó—.  Hace cien años murieron todos sus habitantes. Al principio, los enfermos se curaban, sí, como  tu madre, y después la codicia corrompió a los hombres. Las luchas no cesaban. En castigo, el manantial se arrogó la última palabra. El agua mató a todo el que se quedó aquí. Era puro veneno. Después el agua dejó de brotar. Con el tiempo se repobló la zona, algunos de los que habían huido volvieron, pero nadie olvidó lo sucedido.
     —¡Es terrible…! Pero podemos mantenerlo en secreto  —Juan quiso rebajar la tensión—, usarlo sólo en casos graves. Por aquí no viene nadie.
     El médico se dio la vuelta y furioso salió de la casa sin despedirse.
    A la mañana siguiente, Juan se acercó de nuevo al abrupto lugar. Se tranquilizó al no encontrar rastro de agua, la hierba se mantenía seca en la base de las rocas. «No volveré a tocar la piedra», se dijo. El médico había conseguido asustarlo. De pronto, un estruendo con olor a pólvora retumbó en el valle. Juan se desplomó. Esta vez, el líquido que manó de la roca dejaba un reguero esmaltado en rojo.


                                                               Lana Pradera



(Relato publicado en la antología anual  en papel de Escritores en Red)(2016)




martes, 8 de noviembre de 2016

Días con otra magia




Días con otra magia



         Hace unos meses que ella decidió venirse a vivir conmigo. Durante ese periodo de su estancia hubo días en los que se resignó sin rebelarse y días en los que manifestó su disgusto farfullando su marcha. Había decidido acoplarse a mi vida, tranquilizada con la reflexión de que iba a ser algo temporal, a pesar de los consejos médicos, porque lo que tenía muy claro es que ella volvería a su casa y a su mundo, al que no pensaba renunciar.

 A medida que pasa el tiempo las dos nos observamos de forma desigual. Ella emplea miradas interrogantes, indiferentes, en ocasiones retadoras, y las mías son todas indulgentes. Pienso que he entrado en una etapa hiperrealista sin magia alguna y me asusto, pero, en parte, me equivoco. Ella me demuestra que me equivoco.

Habitualmente realizo viajes hacia la fantasía desde mi realidad cotidiana. Me escapo cuando esa realidad es monótona, triste, injusta y hasta dolorosa. Es un acto elegido y deseado para esconder mi identidad; deseo vivir otras aventuras dentro de personajes más libres y heroicos. Unas veces lo hago cabalgando sobre las historias de mis libros; otras,  sobre ficciones imaginadas por mí. Disfruto al elegir otros universos con otras coordenadas. Pero ella no lo hace así. Ella trae la fantasía a su mundo. Quiere recuperarlo a toda costa y no le importa inventarlo con recuerdos antiguos, que trocea y distorsiona para crear situaciones nuevas que taponen tantas lagunas. No quiere perderlo. Deambula en un presente de retazos inventados donde los momentos dolorosos ya no existen, donde oye canciones alegres que la ponen contenta cuando nunca antes le había gustado escucharlas. Una realidad en la que ve personajes desconocidos entre los muebles y mascotas que adora como su desparecido perro Yaky. Siempre está acompañada por mí y cuando llega la noche sigue la tertulia en su habitación con los personajes de su cosmos imaginario sentados alrededor de la cama. Con ellos se lo pasa mejor que conmigo.

—¿Cuantos años tengo?

—Noventa y dos —le digo—. En agosto cumplirás noventa y tres.

—¡Quita, por Dios! Qué cosas dices. Es imposible que tenga esos años. ¿Me tomas el pelo?

Siempre coqueta, va muy arreglada. Su maquillaje, su rímel y su barra de labios: si no se los pinta se los muerde. Eso dice, para poder  retocarlos con frecuencia y en el espejo comprobar que está impecable. Es una amante de los trajes de chaqueta con falda, de colores claros y juveniles que retan al paso del tiempo, y de los tacones deslumbrantes de más de seis centímetros. Ella es así.

—¡Qué curioso! ¿No ves?  Todos los que salen en la televisión tienen la cara diferente. Es muy raro. ¿Qué te parece?

—Pues me parece normal —le digo—.  Si fuésemos todos iguales nos confundiríamos unos con otros y no sabrías si soy yo o la vecina. Sería un caos.

Todas esas singularidades le sirvieron de poco cuando ayer no pudo reconocer a sus nietas en una foto y abandonó en una lejanía borrosa a los biznietos.

—Hay que ver que faena. Se me ha muerto todo el mundo. Ya no me queda nadie de familia.

—¿Cómo que no tienes familia? Estoy yo —le digo.

—Ya no vive ninguno y eso que fuimos nueve hermanos —reitera, los ojos acuosos escudriñan un lejano horizonte.

—Estoy aquí. Yo también soy tu familia —insisto de nuevo. No contesta.

Para ella soy la persona que le obliga a mantener sus rutinas, la que presiona para que coma, la que le da esa pastillas raras que no sabe para qué son aunque lo pregunte a diario, la que no deja que vuelva a su casa para vivir sola como hacía antes. Sin ninguna duda, soy la entrometida que controla su vida.

Una y otra vez vuelve a sus vivencias y es ahora cuando conozco mejor las vicisitudes de mi familia, de mis ascendientes y de ella misma. Profundizo en mis orígenes y llego hasta las raíces últimas de mi identidad. Soy el resultado de un gran amor y sacrificio familiar, de una época, de un tipo de educación y de unos valores que me acompañarán siempre. Es una deuda enorme.





                                                                            Lana Pradera




(Publicado en la antología "El nuevo tintero" de Netwriters)(Enero,2017)(Editorial Atlantis)

martes, 19 de abril de 2016

Por los aires


Por los aires

Las escaleras son objetos en los que no suelo pensar, porque las aborrezco.

Sé que diréis: ¿Cómo puedes opinar así de ellas? Incluso, desearíais  convencerme de que son estructuras maravillosas que, desde la antigüedad, han elevado el ego humano a una altura insospechada. Es posible. No me resulta difícil admitir que el hombre ha conseguido alzarse, peldaño a peldaño, sobre el resto de seres del planeta y disputar la hegemonía de los cielos a todos los bichos alados que surcan el firmamento. Pero en mi caso, el resultado ha sido funesto.

La sola visión de una escalera vuelve a recrear en mi cerebro situaciones humillantes que me han perseguido toda la vida. Me he caído en todas las que conozco. ¡Sí! Habéis leído bien. He rodado por ellas como un fardo, he roto zapatos y huesos, y hasta he enseñado las bragas. Ahora llevo unos tangas monísimos y los pantalones predominan en mi vestuario.

Cuando se generalizaron los ascensores, puse velas a la Virgen agradecida. De no haber sido por ellos, hoy no estaría con vosotros desbrozando parte de mi biografía.

En el colegio, competía con las amigas. Contábamos el número de cardenales que lucían nuestras piernas. Siempre ganaba yo, aunque ellas presumían de conseguirlos mientras patinaban en la pista de hielo, se tiraban por el tobogán o andaban en bici. Lo mío era más aburrido.

Recuerdo el día más importante de mi corta vida infantil. Me iban a poner de largo. La primera comunión era un acontecimiento memorable para cualquier niña y yo me sentía la princesa de mi propia historia: vestida de blanco, llevando sobre la cabeza un velo hasta los pies unido a un tocado de flores, como una corona, que sujetaba una melena de tirabuzones hechos con tenacillas. Pensando en los preparativos, tuve fiebre la noche anterior y no pude dormir.

Era la hora. Los dos tramos de escalones alfombrados del portal me aguardaban. Un rellano los separaba con dos enormes espejos que flanqueaban los laterales hasta el techo. Al final de la escalinata esperaban mis súbditos: padres, tíos, amigos y fotógrafo. Inicié el descenso. Sujeté los laterales del vestido, como lo hacían las reinas en las películas. Me sentía una de ellas, henchida de gracia y elegancia. Al llegar al descansillo y ver en las lunas mi reflejo multiplicado hasta donde alcanzaba la vista, me sentí transportada a un mundo mágico. Giré como una peonza para verme desde todos los ángulos hasta que tropecé con mis pies y caí rodando hecha un amasijo de tules y enaguas. Mi nariz sangraba sin freno. Fui la única que comulgó vestida de calle a pesar de todos los lloros.

Otro recuerdo imborrable se produjo cuando empezaba el primer curso en la universidad. Unos días antes de asistir a mi primera clase había hecho un descubrimiento genial. Aumentaba seis centímetros de estatura con sólo subirme a unos tacones que, desde entonces, se soldaron a mi anatomía. Más de doscientos alumnos accedíamos al Aula Magna por la parte elevada del anfiteatro. Una escalera central con peldaños de poca altura descendía hasta la mesa del profesor. No hace falta aclarar que bajé ese trecho como si volase sentada en la alfombra de Alí Babá. Fue una entrada triunfal e incluso tuve imitadores.

Y por último, cómo voy a olvidar mi boda. Dije un no rotundo al traje blanco y a los velos; no a las escalinatas; no a las multitudes. Nos casamos en diciembre, un día antes de los Santos Inocentes, menos mal, en pleno luto nacional por la muerte de Franco. Y no fue de tapadillo como murmuraron algunos. Pensaron que estaba embarazada, pero no. La capilla era pequeña y el sacerdote resultó ser un progre de izquierdas; así que puso de vuelta y media a todos los presentes.  A la salida, el diluvio. Mi flamante marido y yo resbalamos en el bordillo de la acera y despatarrados allí, fue donde nos hicieron las mejores fotos. El ramo salió despedido y lo cogió el cura que, al tiempo, dejó de ser tan cura. Desde entonces hemos dudado si estábamos canónicamente casados.

         Por suerte, continua la lucha contra las escaleras y ahora predominan las rampas con lo que mi esperanza de vida parece alargarse.


                                           
                                                                             Lana Pradera




(Publicado en la antología "El nuevo tintero" de Netwriters) (Enero, 2017) (Editorial Atlantis)