miércoles, 31 de enero de 2018

La puerta

                                         

                                                            La puerta

      Pensé a menudo que la puerta que tenía que cruzar todas las tardes era un ente con personalidad propia. Era moderna, acristalada y, por supuesto, automática. Cuando alguien se acercaba se abría silenciosa sobre su riel, aunque conmigo de vez en cuando jugaba. Era su ojo vago el que un día se negó a verme y me obligó a sacar las manos con premura para evitar estampar mi nariz en el vidrio transparente. Entonces me puse de mal humor, porque siempre iba distraído y  no quería parecer ridículo ante los ojos de las personas sentadas en el vestíbulo, que con seguridad esperaban que pasase algo, cualquier cosa que les sacase del aburrimiento diario.

 «¡Mira que no estoy para bromas, la próxima vez meto el pie aunque te reviente!», le dije ayer. No sirvió de nada. Hoy esperé esos segundos que se tomaba para observarme. Y desde luego que lo hizo. Incluso diría que leyó mis pensamientos machacones y mis miedos; por eso se empeñó en ponerme alerta unos  instantes, en sacarme de esos bucles existenciales en los que campa a sus anchas la ansiedad y la agonía. Ella quiso que estuviese despierto, que mirara mi entorno de frente sin tapujos y encontrara de nuevo la esperanza, incluso aquí.

Al entrar saludé mirando a izquierda y a derecha. Me devolvieron el saludo algunos amigos de tertulias inconexas. El ambiente, parecido al de la terraza concurrida de un bar, me permitió examinar a la gente. Había llegado temprano y decidí sentarme hasta que fuera la hora. En el rincón de la derecha, un grupo de señoras en sillas de ruedas conversaban animadas. El resto del lugar estaba ocupado por personas silenciosas,  lo que les permitía entretenerse con sus pensamientos mientras esperaban ese último tren a las estrellas. La puerta cerrada vigilaba con su ojo parpadeante.

A los pocos minutos me fijé en una mujer. Su pelo era blanco. Lo llevaba recogido en un moño alto. Mechones cortos adornaban los lados de la cara y la frente. Aunque le sobraban algunos kilos, vestía con una chaqueta de punto roja y unos pantalones negros. En su silla rodante, se acercó a un hombre sentado en una butaca. Él se encontraba de espaldas a mí y  solo veía su cabeza tapada por una visera deportiva, probablemente regalo de algún nieto. Entonces contuve el aliento y la miré. Sus ojos desprendieron una luz inconfundible y acecharon a aquel hombre con ternura. Le habló suave, casi un susurro y sonrió pícara, mirándole de perfil con el rabillo del ojo, con esa coquetería femenina que no caduca a pesar de los años. La vi encandilada aderezando el cortejo con una franca sonrisa. Daba igual que en esa  boca faltara algún diente. La sonrisa era sensual y la hacía parecer más joven. Deslizó la silla alrededor de su amigo, como si iniciara un paso de baile para después tenderle la mano y conseguir que él tirara de ella acercándola hasta que las piernas de los dos llegaron a tocarse. Repitieron estos escarceos durante unos minutos, hasta que juntaron sus manos y aproximaron sus caras para decirse al oído un te quiero mimoso y dulce.

El tiempo se paró y la complicidad de la pareja irradió una paz redentora. Fui testigo de un milagro en esta parada de un solo tren.

 Ajeno a todo lo que no fuera esa sonrisa y esas miradas, no escuché que me llamaban.

—¡Don Mateo! ¡Don Mateo!

—¿Sí? Perdón. Estaba distraído, doctor.

—No se preocupe. Hoy puedo darle buenas noticias. Su mujer se está recuperando y los resultados de las pruebas son excelentes, pronto podrá hacer una vida normal e irse a casa.

Suspiré  con profundo alivio y fui al encuentro de mi esposa para abrazarla y transmitirle los nuevos ecos de vida. Siempre verá en mí una sonrisa, unos brazos dónde apoyarse y un amor como el que transmitía la mujer de rojo.

Cuando salí, vi que la puerta se mantenía abierta con chulería. Había conseguido lo que quería: que mirara hacia afuera y encontrara la paz. Me alejé y siguió abierta. Creo que  supo que a mi mujer y a mí nos quedaban otros andenes y otros trenes.

                                                                              Lana Pradera