miércoles, 30 de septiembre de 2020

LA COLECCIONISTA


 

 

La Coleccionista


Desde niña me ha gustado coleccionar objetos. En los armarios de mi habitación guardo multitud de piezas meticulosamente ordenadas. De la pared cuelgan expositores en los que mariposas y escarabajos, ensartados en finas agujas, lucen sus colores. Ellos arropan mi soledad y son el contrapeso que da equilibrio a mi vida. Nada frena mi impulso.


        El paso de los años ha refinado mis gustos y, de un tiempo a esta parte, empiezan a interesarme las joyas. En una vitrina del salón expongo magníficas creaciones artísticas, como los pendientes de brillantes de Beatriz, con sus iniciales grabadas en el cierre, el solitario de esmeralda de Mónica y la pulsera de oro de aquella rubia a la que no tuve tiempo de preguntarle el nombre.


       He madurado. Ya no me dedico a borrar de los objetos cualquier personalización de sus dueños, ahora prefiero recordar el modo en que los obtuve. Me gusta enseñárselos a las visitas, aunque nunca dejo que se acerquen al sótano.


                                  Lana Pradera

martes, 1 de septiembre de 2020

LEYENDA


LEYENDA   

      

San Jordi dibujó en el calendario un círculo alrededor del día 23. No es un mes de abril como los demás, se dijo. El clamor no cesaba. Llegaban noticias sobre un peligroso enemigo que no admitía ofrendas: era invisible. Mitigaba su voracidad con la sangre sabia de los ancianos, dejando en su camino un rastro de huérfanos sin pasado. Decidió hacerle frente con la ayuda del dragón de otros abriles. Negociaría con él la ofensiva.

       Al amanecer, conseguida la alianza, el dragón recorrió las calles exhalando bocanadas de aliento ardiente hasta limpiar las ciudades. Movilizó a los vecinos menos amedrentados y mantuvo a la población dentro de sus casas. Mientras, San Jordi perfeccionaba su arma entre probetas, placas de cultivo y artilugios médicos. Cuando llegó el momento de capitanear a sus seguidores, reemplazó las espadas por jeringas de agujas afiladas. ¡Vencieron!, pero ese año solo brotaron rosas rojas en los cementerios y todos los libros quedaron por escribir.

 

                                                           LANA PRADERA

 


 

viernes, 3 de julio de 2020

Otras realidades



Otras realidades 


En la red de Tinder conocí a Lena. Su cara afilada de ojos chispeantes llamó mi atención. Le envié un superlike y en segundos ella respondió.

       Un día, al conectar con la red, parpadeaba un icono sobre su foto. Cliqué sobre él y la pantalla se expandió como un agujero de gusano. Los colores grises giraban mareantes. Mi cabeza entró en un torbellino que me llevó a otra dimensión. Quedé paralizado ante una escena caótica: guerreros a caballo gritaban blandiendo espadas y poderes especiales en un campo de batalla sembrado de muertos. Desde una loma, una mujer de complexión formidable agrupaba a su ejército. Era Lena. «Acompáñame», dijo. Me arrastró su magnetismo. Era una amazona guerrera, viajera entre mundos, que defendía con tesón valores que dormitaban en mí.

      Tanta acción finalizó en un nocaut que me trajo de vuelta. ¿Una alucinación? No. Su señal intermitente continuaba ahí para que la siguiera a una nueva realidad. Me alisté en su ejército.

                                                           Lana Pradera

martes, 16 de junio de 2020

Último recurso




Último recurso
 

Guille se quedó solo en casa, como de costumbre, con la única compañía de un proyector encontrado en la basura. Tras muchos esfuerzos, consiguió unir el celuloide de las películas mudas que acompañaban el hallazgo. Una de ellas la visionó varias veces, asombrado con una de las escenas. Al terminar, rebuscó en el armario y cogió sus únicas botas.

       Cuando la madre entró en la cocina, cansada de callejear y sin nada en los bolsillos, vio la mesa puesta y a Guille subido en un taburete removiendo, dentro de una perola, unos cordones y un  extraño objeto que danzaba entre el borboteo del agua a punto de desbordarse. 

       «Siéntate, mamá, hoy vamos a comer de cine».



                            Lana Pradera


miércoles, 3 de junio de 2020

Elección



Elección  
 
          Bajo la sombra de un sauce, recostado en el suelo, pensaba en cómo atrapar para siempre ese arrebato que había llenado mi existencia, esas caricias que eran la puerta de la belleza. La abracé con la necesidad de fundirme en ella, de sentir la unidad y a la vez la dualidad de los cuerpos en el roce erótico, de enredarme en sus risas. Me decidí sin evaluar los riesgos. Ella sería mi luz. Una luz que nos haría falta entre las tinieblas cuando nos echaran del Paraíso.

           Lana Pradera


lunes, 18 de mayo de 2020

La llamada


                                                  
La llamada



       Suena la música en los balcones de la calle, mientras observo los días tachados en el calendario. Son cruces alternas, marcadas con rabia. Entre ellas quedan espacios numéricos llenos de incertidumbre, hasta que llega la esperada llamada a través de la tablet. Hoy te veo llevar a la boca una galleta que mordisqueas por los bordes: sin aliciente, confusa. Grito:«¡Pronto iré a verte!». Me preguntas: «¿Qué haces metida en ese chisme tan pequeño?». Vuelvo a gritar: «¡Te quiero, no estás sola!». Veo cómo ella desvía la mirada.



                                                  Lana Pradera

lunes, 27 de abril de 2020

Intercambio



Intercambio

      Enfilé la avenida hacia el arrabal. Al llegar al cruce de una calle con soportales, me senté en una de sus esquinas.  Desde allí pude ver cómo una muchacha trataba de llamar la atención de los transeúntes. Ninguno se detuvo a pesar de que la chica se subía, provocativa, la falda y se desabrochaba los botones de la blusa. Se volvió, frustrada, y al verme allí torció el gesto. Vino hacia mí pavoneándose. Me preguntó: «¿Te gusto?». Asentí, confuso, y le mostré la gorra junto a mis pies con pocas monedas. «Dame el dinero, con eso basta. Después, búscate otra esquina».





                                                                     Lana Pradera


sábado, 1 de febrero de 2020

Lluvia





Lluvia


     Sufrimos tu ausencia, pero ya no te invocamos ni salimos en romería para suplicar a los Santos. Estremece ver las nubes en cabalgada levantando un polvo oscuro frente al sol que las tiñe cobrizas y amenazantes. Ahora las lluvias son terribles tormentas que derrumban parte del cielo en aguaceros y se llevan la luz. Es entonces cuando la lluvia cae a plomo. Goterones oscuros chocan contra los vidrios de las ventanas y dejan regueros que los enturbian, qué fastidio. Son gotas que se alimentan de humo, de fluidos envenenados, de gases expulsados de los cráteres. Gotas que desearían llorar para volver a ser translúcidas y no pueden. El calor aumenta y las envuelve en una nube vertical en la que giran alocadas. A su pesar cumplen su destino y caen embarradas hasta aplastarse sobre un terreno yermo que ya no filtra, por el que resbalan arrastrando los desechos de un mundo extenuado. Agua que apenas trae vida. Ya no llueve, no te vayas del todo. 



Lana Pradera 








domingo, 19 de enero de 2020

Fotos en tres dimensiones






Fotos en tres dimensiones


       Aquella pared desnuda merecía una decoración con fotos. Dibujé un signo de interrogación y sobre él ordené las secuencias de mi vida. Asomarse a esas ventanas de papel suponía una caída vertiginosa en el pasado, una zambullida en un pozo de aguas corrompidas. Una sonrisa involuntaria aparecía en algunas imágenes. Como en la del hospicio. O esta, en el bosque, con el chico que decía amarme aunque después él no quiso oír un no. En la siguiente, por primera vez, respiraba felicidad con mi bebé en brazos, pero me lo arrebataron al ser menor de edad. Seguí poniendo una foto tras otra: el cuchitril del trabajo, la boda, y los primeros moratones. El punto del interrogante era para la última instantánea: un primer plano con el rostro desplomado en el que no sonreía. Maté a Niko; ese día le esperaba, convencida de que la orden de alejamiento no iba a pararlo. No hubo respuestas a la pregunta, solo un sonido contundente de la silla al caer y el siseo de una cuerda al anudarse en un crujido final.


                                                                                      Lana Pradera

martes, 2 de abril de 2019

¿Qué hacer con la olla a presión?


       ¿Qué hacer con la olla a presión?

       Me senté para observar mejor aquel objeto de acero reluciente semejante a una capsula espacial que había colocado mi nieta sobre la chapa de la cocina.
       —Es un regalo sorpresa, Yaya — dijo mientras me daba un librito de instrucciones.
       Empecé a ojearlo y pensé que ese objeto galáctico no hacía juego con mis viejas perolas. Seguí con atención las explicaciones: «para abrir la cazuela es necesario girar la tapa con las dos manos haciendo fuerza hacia la derecha sobre las asas de baquelita. Una vez metidos los alimentos con agua, se cierra girando hacia la izquierda y se pone al fuego»
       Al poco tiempo, la sorpresa fue que la condenada olla se puso a pitar como si fuésemos a perder el tren. Cada vez lo hacía con más fuerza y deduje que de un momento a otro aquel objeto iba a despegar y taladrar el techo. Apresurada, lo retiré del fuego. No hubo forma de abrir aquella tapa que se hacía puntiaguda en el centro y terminaba en una espita que seguía escupiendo vapor.
       Frustrada con el invento, añoré el placer de remover los alimentos con una cuchara como me enseñó mi madre y oír el caldo haciendo chup, chup. Probar, rectificar, y volver a probar. Oler los aromas de las especias de cada guiso y viajar a través de los recuerdos.
       Leí después que había que poner la olla bajo el agua para poder abrirla. Lo conseguí y fue un chasco comprobar que los garbanzos seguían duros como las bolas de un rosario. No estuvieron el tiempo necesario, pero si hubiera esperado la media hora indicada seguro que todo habría volado por los aires.
       Al día siguiente me encargué de que no hubiera más sobresaltos. La flamante cacerola luciría ramilletes de flores campestres junto a la ventana.



                                                      Lana Pradera


    

sábado, 1 de diciembre de 2018

Los dos lados de mi casa




Los dos lados de mi casa

           La entrada de casa da un pasillo recto que la divide en dos partes iguales. La parte derecha es luminosa y moderna; desde la cocina se ven numerosas plantas colocadas junto a la pared bajo los ventanales de un patio alargado y cubierto. La de la izquierda es sobria, más clásica, con numerosos adornos. Los muebles son de estilo como los de mis padres. Parece que hubiera querido reproducir un pedacito del hogar en el que me crié. Sin embargo, es en el lado derecho donde respiro; donde el ambiente huele a flores y a tierra húmeda; en el que disfruto de esos pequeños trozos de naturaleza raptada. Olores que a ciertas horas se mezclan con vahos de guisos de puchero y de fritos. En el patio un fondo de música alegre me envuelve, puedo escuchar los ecos suspendidos de las risas de los niños, recordar el barullo de sus juegos, la algarabía de las fiestas familiares. Y recostada sobre una tumbona, puedo observar el cielo y las estelas que trazan los aviones. Ese rincón es mi lugar de lectura preferido; al lado de un ficus de dos metros, que ha cumplido treinta y cuatro años, en el que todavía cuelga una bolita dorada de la última Navidad. Desde la habitación, que antes era de mis hijas, también se ve el ficus. Sigue siendo un lugar de estudio. Ahí escribo y deambulo por mundos imaginarios. Paso la mayor parte del tiempo en esa mitad de la casa. Cuando voy al otro lado, el de los muebles oscuros, cruzo el pasillo y es como si diera un salto en el tiempo; me veo inmersa en el pasado. Regreso a mi juventud cuando paseo la vista por las librerías del despacho. En el salón, entre las fotos, hay demasiados recuerdos. Algunos oprimen el pecho. Cuando me demoro allí, solo el parloteo del televisor consigue adormecer mis sentidos, distraer las tristezas. Por eso he pensado en cambiarme a una nueva casa, decorada con muebles claros, que tenga más espacio, más luz, más terrazas y muchas plantas, y en la que no haya ningún pasillo que marque frontera en mi corazón.


                                                                               Lana Pradera










                                               

miércoles, 31 de enero de 2018

La puerta

                                         

                                                            La puerta

      Pensé a menudo que la puerta que tenía que cruzar todas las tardes era un ente con personalidad propia. Era moderna, acristalada y, por supuesto, automática. Cuando alguien se acercaba se abría silenciosa sobre su riel, aunque conmigo de vez en cuando jugaba. Era su ojo vago el que un día se negó a verme y me obligó a sacar las manos con premura para evitar estampar mi nariz contra el vidrio transparente. Entonces me puse de mal humor, porque siempre iba distraído y  no quería parecer ridículo ante los ojos de las personas sentadas en el vestíbulo, que con seguridad esperaban que pasase algo, cualquier cosa que les sacase del aburrimiento diario.

 «¡Mira que no estoy para bromas, la próxima vez meto el pie aunque te reviente!», le dije ayer. No sirvió de nada. Hoy esperé esos segundos que se tomaba para observarme. Y desde luego que lo hizo. Incluso diría que leyó mis pensamientos machacones y mis miedos; por eso se empeñó en ponerme alerta unos  instantes, en sacarme de esos bucles existenciales en los que campa a sus anchas la ansiedad y la agonía. Ella quiso que estuviese despierto, que mirara mi entorno de frente sin tapujos y encontrara de nuevo la esperanza, incluso aquí.

Al entrar saludé mirando a izquierda y a derecha. Me devolvieron el saludo algunos amigos de tertulias inconexas. El ambiente, parecido al de la terraza concurrida de un bar, me permitió examinar a la gente. Había llegado temprano y decidí sentarme hasta que fuera la hora. En el rincón de la derecha, un grupo de señoras en sillas de ruedas conversaban animadas. El resto del lugar estaba ocupado por personas silenciosas,  lo que les permitía entretenerse con sus pensamientos mientras esperaban ese último tren a las estrellas. La puerta cerrada vigilaba con su ojo parpadeante.

A los pocos minutos me fijé en una mujer. Su pelo era blanco. Lo llevaba recogido en un moño alto. Mechones cortos adornaban los lados de la cara y la frente. Aunque le sobraban algunos kilos, vestía con una chaqueta de punto roja y unos pantalones negros. En su silla rodante, se acercó a un hombre sentado en una butaca. Él se encontraba de espaldas a mí y  solo veía su cabeza tapada por una visera deportiva, probablemente regalo de algún nieto. Entonces contuve el aliento y la miré. Sus ojos desprendieron una luz inconfundible y acecharon a aquel hombre con ternura. Le habló suave, en un susurro y sonrió pícara, mirándole de perfil con el rabillo del ojo, con esa coquetería femenina que no caduca a pesar de los años. La vi encandilada aderezando el cortejo con una franca sonrisa. Daba igual que en esa  boca faltara algún diente. La sonrisa era sensual y la hacía parecer más joven. Deslizó la silla alrededor de su amigo, como si iniciara un paso de baile para después tenderle la mano y conseguir que él tirara de ella acercándola hasta que las piernas de los dos llegaron a tocarse. Repitieron estos escarceos durante unos minutos, hasta que juntaron sus manos y aproximaron sus caras para decirse al oído un te quiero mimoso y dulce.

El tiempo se paró y la complicidad de la pareja irradió una paz redentora. Fui testigo de un milagro en esta parada de un solo tren.

 Ajeno a todo lo que no fuera esa sonrisa y esas miradas, no escuché que me llamaban.

—¡Don Mateo! ¡Don Mateo!

—¿Sí? Perdón. Estaba distraído, doctor.

—No se preocupe. Hoy puedo darle buenas noticias. Su mujer se está recuperando y los resultados de las pruebas son excelentes, pronto podrá hacer una vida normal e irse a casa.

Suspiré  con profundo alivio y fui al encuentro de mi esposa para abrazarla y transmitirle los nuevos ecos de vida. Siempre verá en mí una sonrisa, unos brazos dónde apoyarse y un amor como el que transmitía la mujer de rojo.

Cuando salí, vi que la puerta se mantenía abierta con chulería. Había conseguido lo que quería: que mirara hacia afuera y encontrara la paz. Me alejé y siguió abierta. Creo que  supo que a mi mujer y a mí nos quedaban otros andenes y otros trenes.

                                                                              Lana Pradera




jueves, 30 de noviembre de 2017

El enfado de la Luna

                                                     
   
                                                 El  enfado de la Luna

      Cuando el Sol se desliza por el horizonte para escudriñar la otra mitad de la tierra, parece que la negrura domina el cielo. Entonces aparezco yo al relevo, la Luna, como el ojo vigilante de la noche, tenue y discreta, para iluminar los sueños de las almas que pueblan ese medio mundo.  Puedo adivinar sus anhelos y escuchar a lo lejos el susurro de sus plegarias. Llego a sentir sus temores y alegrías. También veo cómo algunos me contemplan antes de dormir y rememoran antiguas leyendas. Sé que en sus mentes miden el tiempo que falta para verme redonda. Una aparente preñez que se desvanece al finalizar la lunación, pero, no obstante, consigo maravillarles al  mostrarme completa, porque advierten que soy más que una pequeña esfera. Me convierto en atributo de las diosas, a las que los hombres invocan con ritos y agasajan con fiestas y ofrendas para fertilizar los campos. Muchos pueblos me adoraron y los templos alzados en mi honor aún persisten.

      Pero hoy es Navidad y a mí no me miran. Todos examinan el cielo buscando esas motas luminosas, lejanas y frías, que suspendidas en el espacio aguardan su momento de gloria. Esperan un milagro: un día mágico en el que miles de estrellas jubilosas se amontonan y peinan sus melenas alargándolas en el firmamento formando estelas deslumbrantes. Una de ellas, la más brillante, será la que lleve de la mano a los Reyes de Oriente, a los pastores y a toda una humanidad desorientada, hasta un portal en Belén donde dicen ha nacido un redentor, hijo del único Dios.

     Me siento  agraviada  y relegada. Todo el año he alumbrando las noches de los habitantes de la tierra a las mismas horas; nunca les fallo, pero hoy me abandonan por un resplandor fugaz y momentáneo. Enfurruñada, afilé mis puntas y con ellas me prendí en dos  nubes negras, me recosté entre ellas y todo mi entorno se oscureció.

      Al poco, a lo lejos, oí mi nombre con insistencia:
—Luna, Luna, ¿dónde estás?
Era Santa Claus en su trineo que, perdido, daba vueltas cerca de mí sin saber por dónde andaba.
—Pero, Luna, ¡otra vez no! ¡no puede ser! ¡todos los años igual! —siguió rezongando Santa—. Esos celos... ¿Es que no ves que llego tarde y los renos no encuentran el  camino de las chimeneas? ¿Qué van a  decir los niños si mañana no encuentran sus regalos? Venga, venga, sal de ahí y acompáñame —dijo, impaciente.

      Un reno pequeñito que iba  acurrucado cerca de Santa, quiso jugar conmigo y me hizo cosquillas hasta que consiguió hacerme reír. Ya más contenta, extendí mi cuarto creciente y les indiqué el camino para que llevaran mi luz a todo los hogares. No quería ver las lágrimas rodar en la cara de los niños, que con tanta ilusión pusieron sus zapatos al calor del hogar, llenos de sueños por cumplir. Los Reyes y Santa tenían una misión importante y yo les escoltaría en ella.

      Al terminar mi recorrido, vi que el sol avisaba su llegada. A empujones me mandó salir de sus dominios y mientras me retiraba le dije: «No te pavonees tanto que cuando te vayas, la noche volverá a ser mía y en la oscuridad siempre fluye magia».

     ¡Feliz Navidad! La Luna.


                                                                         Lana Pradera


lunes, 30 de octubre de 2017

El caso arroba

                                                           
                                                          

                                         EL CASO ARROBA

      Sobre la mesa estaba aquel expediente en el que intervine, como subinspectora, junto a mi esposo. Aquel abultado fichero, de color marrón deslucido, consiguió aplastar nuestra vida familiar.
      Solté despacio las cintas que cerraban el archivador y con cuidado fui pasando las hojas en un intento final de comprender lo que había sucedido ante mis ojos. Coloqué los folios y las fotos sobre la mesa; las imágenes y los recuerdos quemaron mi corazón como si de acero derretido se tratara. 
      Aquel día me desperté inquieta, sin que recordara haber soñado nada especial, pero más tarde supe que tuve un mal presentimiento. Miguel ya se había levantado y fiel a su rutina volvería después de correr un poco y comprar el periódico.
       Los niños en la cocina alborotaban más de la cuenta, así que, perezosa y sin mirarme al espejo, salí para poner un poco de orden. Cuando me vieron, los dos pequeños se rieron a carcajadas mofándose de mi pelo alborotado y en punta, mientras Pablo, el mayor, ojeaba con desgana un comic.
      —Venga, venga, a desayunar —dije, mientras me peinaba con los dedos y empujaba al benjamín que se hacía el remolón.
      Un portazo acalló todas las voces. Miguel entró en la cocina con prisas, me besó y se excusó ante sus hijos:
      —Lo siento, chicos. Me han llamado de la comisaría. Ha debido ser algo gordo. Y además es en vuestro colegio.
      —¿En el colegio? Hoy es el Día del Padre y domingo; no hay colegio —le interrumpí medio dormida—. Pensé que podríamos comer juntos. Además, los niños tienen un regalo para ti.
      —¡Imposible! Tú también vienes, nos han convocado a los dos. Tienes cinco minutos —insistió, nervioso.
      —Pablo, tú eres el mayor; te quedas a cargo de tus hermanos hasta que venga la abuela, ¿vale? —daba órdenes mientras cogía una prenda aquí y otra allá vistiéndome como podía, yendo hacia el baño para recogerme el pelo y lavarme la cara.
      —Lo celebraremos en otro momento. Ahora tenemos que irnos, es un asunto grave. Tal vez por la noche podamos reunirnos. Y no pongáis esas caras, os lo compensaré, prometido —les aseguró con firmeza.
      Vi como los tres atrapaban esa última palabra al vuelo, aunque el tono de su padre no les sonó convincente. Salimos a la calle corriendo.
      Aunque no era lo habitual, trabajábamos juntos en la brigada de homicidios a pesar de estar casados. Por primera vez nos encomendaban el mismo caso.
      Cuando llegamos, Miguel, que a fuerza de práctica mostraba una gran entereza, empezó a dar órdenes. Como inspector jefe le pusieron enseguida al corriente:
      —Detrás de los árboles, dos cadáveres —dijo un policía, mientras señalaba el lugar donde los había encontrado el vigilante del centro, alertado por los ladridos de un perro que merodeaba por el lugar.
      Nos íbamos acercando, a la vez que seguíamos atentos al informe detallado de lo sucedido. «Dos adolescentes, desaparecidos el día anterior, de quince años, chico y chica; él con la cabeza destrozada con un bate de béisbol está tendido en el suelo con los pantalones bajados; ella, medio desnuda, la hemos encontrado más lejos, con la cara amoratada de un fuerte puñetazo que la debió estampar contra esa valla metálica rota, de la que sobresale un grueso alambre en punta que le ha seccionado la yugular y causado la muerte. Junto al cuerpo se ha encontrado una carta con el signo de la arroba. 
      —Qué curioso, es el signo de la dualidad —dije.
      El oficial le dio la carta a Miguel sin abrir. Iba dirigida a él:

Inspector D. Miguel Bermúdez.
23-Mayo-2012

Querido papá:
Sé que esto no ha sido el mejor regalo para celebrar tu día. No pude evitarlo, sentí odio y rabia. Yo quería a Elisa y creía que ella a mí también. La respeté como me enseñaste y soñaba con un amor verdadero. Pero ella me engañaba. Conmigo era tímida, pero con Juan se comportó como una puta. A mi casi no me dejaba besarla y en cambio con ese jodido entrometido se abrió de piernas sin pensarlo. Les pillé follando y no pude soportarlo, me volví loco. Quise hablar con ella, no iba a matarla, se me fue la mano y se dio con la valla. ¡Fue horrible! Merezco un castigo, pero no te preocupes, papá, soy menor y me soltarán pronto. Cuando leas esto estaré esperándote en casa. Seguiré estudiando y me darán la beca que querías. Todo volverá a ser como antes. Te compensaré, lo prometo.
Te quiero, papá.
Pablo.
      Mi marido se desplomó de rodillas llorando y me dio la carta. Creí morir allí mismo.


                                                                                   Lana Pradera






(Publicado en la revista digital de invierno número 26 de Escritores en Red - (2017-2018)

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sábado, 30 de septiembre de 2017

El niño de la favela encuentra al Principito


                           El niño de la favela encuentra al Principito

      Amanecía otro día de desamparo para  Malcon, el niño descalzo que peregrinaba entre las endebles casas de adobe y chapa, para encontrar algo de comer y calmar las punzadas de su demacrado cuerpo.  Rebuscaba entre  montículos de basura bajo un sol despiadado que parecía querer incinerarla. Al no encontrar nada decidió acercarse a la escuela de la barriada, cuyo tejado rojizo,  único punto de color en el horizonte, ejercía su peculiar llamada. Las destartaladas aulas estaban abandonadas. Ya no venían los profesores, pero con frecuencia aparecía por allí una mujer bien vestida, de cara afable, el pelo blanco anudado en la nuca, que contaba cuentos a los niños. Esa mañana, Malcon le hizo muchas preguntas a la señora  y de la misma forma que le sucedía al protagonista del cuento que acababa de oír,  descubrió en las respuestas, que las personas que trabajaban y vivían sin penurias, no entendían nada, no veían lo importante, porque solo miraban con los ojos, pero se dio cuenta de que ella sí miraba con el corazón. Era la única que ponía  flores en la ventana y las regaba con palabras, la que animaba y consolaba a los pequeños con su sonrisa. La que les llevaba panecillos de miga blanca y algún dulce cuando podía. Al marcharse, Malcon se quedó triste, aunque después contempló sonriente el cielo y de noche escuchó los cascabeles de las estrellas.

                                                                          Lana Pradera









jueves, 14 de septiembre de 2017

A fuego lento

                                                            A fuego lento


      Julián se estremeció al ver entrar en la sala al juez y al fiscal ataviados con la toga negra. ¡Pájaros de mal agüero! Miró a su abogado, que a su izquierda vestía igual, lo que incrementó su inquietud. Por unos instantes, frenó sus ansias de huida al fijar su  atención en los encajes blancos de las mangas del juez. Eran parecidos a los que su madre confeccionaba a ganchillo para decorar los sillones de la casa.
      El juez habló a los presentes:
—Se procede a la celebración del acto del juicio, procedimiento penal 60-2017, en el que figura como acusado Julián García; estando presentes el ministerio fiscal…
      Julián se desconectó de la voz monótona del juez. Evocar el cadáver carbonizado de su esposa le provocaba un estado catatónico, casi plácido. Eso le distanció del murmullo de los letrados y del sonido provocado por el roce de los documentos que intercambiaban. Su pensamiento siguió vagando, ahora, dentro de la imagen de un ensordecedor ring de combate donde todo valía: discusiones, gritos, golpes y en el que siempre ganaba él. Ella no aprendía. Siempre tan torpe, hacía todo lo que le desesperaba. Era una zorra.
      El fiscal se dirigió al acusado:
—Se le acusa de haber dado muerte a su esposa. ¿Cómo se declara? ¿Culpable o inocente?
—Inocente —dijo Julián, agarrándose al micrófono como si fuese un salvavidas.
—Estamos aquí para probar que el acusado prendió fuego a su mujer causándole la muerte, hecho que sucedió en su domicilio.
      Julián, desamparado, no perdía de vista a su abogado. No había sido un marido ejemplar, pero no se consideraba un asesino. ¿Qué más tiene que aguantar un hombre?
      Pasaron las horas, los testigos, las pruebas y aunque los vecinos declararon la mala relación de la pareja y los malos tratos del acusado hacia su esposa, el día de autos  no habían oído ningún ruido.
      El reo, arqueando las cejas en un gesto compungido, esperaba la intervención de su letrado.
—Según lo investigado —alegó el forense, el fuego ha sido la causa de la muerte. No se han encontrado otras evidencias debido a que los restos de la víctima se hallaban carbonizados. El fuego ha actuado con una rareza inusual, no se ha encontrado el origen del mismo y las altas temperaturas no han afectado al resto de la habitación. El cuerpo, quemado hasta tal extremo, tiene difícil explicación.
       Julián no recordaba nada. Tampoco sabía cuándo había empezado el fuego. De forma dispersa evocaba la música de fondo que se alzaba en el local sobre el barullo de la gente o el líquido ardiente que bajaba por su garganta: contaba, uno, dos, tres vasos de wisky…, hasta que un guardia se lo llevó tambaleando y esposado del bar.
      Era el turno del abogado defensor:
—Señorías, demostraré que mi cliente no es culpable de los hechos que se le imputan. No se encontraba en la escena del crimen. Las huellas encontradas en la casa son las esperadas al ser la vivienda del acusado. Tampoco hay restos de combustible en los restos hallados. Por ello me apoyaré en estos precedentes, casi doscientos casos; el más antiguo data de finales del siglo XVlll, cuya documentación entrego y en los que no se ha llegado a esclarecer las circunstancias de un fuego tan voraz ni su origen. La base del estudio parte de la teoría de que el cuerpo humano puede arder de forma espontánea sin que exista causa alguna. Además, el hecho de que no haya daños en la habitación y el cuerpo esté reducido a cenizas, presupone unas temperaturas muy elevadas que solo se alcanzarían con un fuego lento, de llamas bajas, alimentado por la grasa corporal y la ropa, que actuarían como una mecha. Esto deja el caso en un simple accidente originado, tal vez, por la electricidad estática.
      Julián lanzó un suspiro de alivio y se relajó al ver la perplejidad reflejada en la cara del juez y del fiscal.
      Al cabo de unos días, el juez dictaminó la retirada de la acusación por falta de pruebas.
      El secretario:
—Le llama su esposa, señoría. —Éste le arrebató el teléfono.
—¿Yo qué te he dicho? ¡Bajo ningún concepto me llames al trabajo! —dijo, furioso—. Ya te arreglaré las cuentas cuando vuelva a casa. Y puede que de forma muy luminosa.

                                                                    
                                                               Lana Pradera


(Publicado en la revista digital de invierno número 26 de Escritores en Red - (2017-2018)
relatos#poesía#prosa (Descarga gratuita)



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viernes, 7 de julio de 2017

Supervivencia



      


Supervivencia


     El vértigo me succiona de la oscuridad. Retrocedo a un tiempo de miseria y de violencia en el que no me sentía humano. Una imagen fija en la retina: mi familia tendida en el pedregal y la casa destrozada. Ahora, empapado y temeroso, lamento mis pecados y me agarro a la vida. De nuevo agudizo los sentidos, no puedo separarme de estos cuerpos, algunos inertes, pegados a mí. Sollozos, delirios y más violencia. Observo, medio sepultado por carne macilenta, cómo otros amplían su espacio y  tiran por la borda lo que les estorba desoyendo  sus alaridos. A lo lejos advierto con desánimo el parpadeo de unas luces. Saber que no hay salvación, aunque escape del agua, es otra tortura. 

Lana Pradera


lunes, 12 de junio de 2017

Amor imposible


                                                           Amor imposible

     La mesa del lujoso comedor rebosaba de regalos de boda. Valentina sostenía en las manos un paquete que no quiso dejar con los demás y prefirió abrirlo en la intimidad. Era una caja de música. Al levantar la tapa, los ritmos de un tango avivaron el deseo y la nostalgia de aquellas tórridas noches de escapada junto al río. Al compás de la música de los arrabales, una pareja de porcelana giraba plasmando la sensualidad de la quebrada de cintura de la mujer bajo el cuerpo del hombre. Al lado, una nota de despedida. Esa tarde, unas campanas repicaron a boda y otras a sepelio.


                                                                                         Lana Pradera

martes, 23 de mayo de 2017

Día de nervios


Día de nervios

      Los preparativos para tener lista la pasarela estaban a punto de terminar. El desfile de alta costura presentaría una colección del afamado diseñador Albert Catalá, en el que las modelos lucirían los peinados del también conocido peluquero Didier Dumont. Ambos ocupaban las portadas de numerosas revistas de moda de gran tirada.  
      Desde la madrugada, las salas habilitadas para peluquería, probadores y almacén, que se situaban detrás del escenario, eran un hervidero de personas que iban de un lado a otro cumpliendo su cometido con una exactitud milimétrica. Sin embargo, donde los nervios estaban a punto de perderse era en la peluquería. Didier tardaba en adaptarse  a los nuevos espacios y no encontraba los utensilios que necesitaba.
      —¡Puri! ¿Pero dónde anda esta chica? ¡Puri!
      Puri dejó lo que estaba haciendo al oír la voz atiplada de su jefe.
      —¡Vamos! ¿No me ves? Necesito otra plancha de pelo, esta no funciona y no puedo esperar.
      Puri había sido contratada en prácticas y llevaba pocos días en plantilla cuando se vio inmersa en el traslado y la vorágine de trabajar entre bambalinas. Miró a su jefe y asintió solícita: se dirigió con toda rapidez al almacén. Al volver, la llamaban tres personas diferentes  y su nombre, como si fueran tres balines, se incrustaron en su estómago, encogiéndolo. Agobiada, atendió a todos a medias.
      Didier la observaba, crítico: ¿cómo había podido la empresa enviarme una chica tan torpe? Hasta tuve que enseñarle a lavar el pelo y aplicar un masaje. Y no digamos a coger las tijeras: era un peligro. Si no mejora, tendré que prescindir de ella después del desfile.
      Las pocas habilidades de Puri y el aspecto anodino que le daba su vestimenta, con una chaqueta de punto que era más propia de una abuela, las gafas de pasta que ocupaban toda la cara y la falda a mitad de la pantorrilla,  contrastaban con el glamur que desprendían las modelos, incluso estando en bata.
      Didier frunció el ceño y volvió a la carga.
      —¡Puri! Pasa a lavar el pelo a Mara y a Silvia, ¿no ves que están esperando?
      La observó mientras se dirigía a ellas y le gustó su forma de andar. Pensó que no lo hacía mal del todo.
Mara y Silvia habían entrado conversando muy animadas, pero al cabo de un rato se callaron y empezaron a encontrarse mal. Mara vomitó camino del baño y Silvia se desvaneció en el sillón de lavado con el consiguiente susto de Puri, que se puso a llorar y a gritar.
      —¡Llamen a una ambulancia! ¡Rápido! —pidió Didier—, le habrá sentado mal la comida.
      Didier, al límite del estrés, vislumbraba su fracaso. No podía prescindir de la modelo más famosa. Ella Iba a lucir un peinado muy innovador, una obra de arte que encajaría de maravilla con los vestidos de Catalá. Desesperado, buscaba una solución. Terminó por fijarse en Puri que se había quitado las gafas y le miraba con unos ojos azules desbordados de lágrimas y algo miopes.
      —Ven aquí —le instó Didier. ¿Cuántas dioptrías tienen las gafas?
      —Cuatro —dijo la chica, compungida.
      —Que alguien consiga unas lentillas de cuatro dioptrías —ordenó al personal—. Siéntate, Puri, a partir de ahora no te va reconocer ni tu madre.
      El resultado fue sorprendente e inesperado. Aquella insignificante aprendiza podría sustituir a la reina del desfile. El milagro se había conseguido con unos tacones de diez centímetros, un top con transparencias y una minifalda ajustada. El maquillaje le daba profundidad y amplitud a unos ojos azules de por sí ya  bonitos, y resaltaba unos labios bien dibujados y sensuales. Por último, el corte de pelo, desfilado y atrevido, le había proporcionado el encanto que necesitaba.
      Antes de salir a la pasarela Didier le dijo a Puri —: desde este instante te llamas Irina.
      Los periodistas y fotógrafos que cubrían el evento catapultaron a la nueva modelo al estrellato. Como buenos sabuesos habían encontrado el filón de una increíble historia. El éxito sonrío de nuevo a Didier.

      Pasaron unos meses. El teléfono sonaba insistente. Didier resopló al descolgarlo.
      —¡Didier! ¡Soy Irina! ¡Estoy harta de esperar! Te conviene ser más diligente si no quieres que cambie de peluquero. Quiero verte aquí, ¡ya!

                                    
                                                       Lana Pradera