miércoles, 3 de junio de 2020

Elección



Elección  
 
          Bajo la sombra de un sauce, recostado en el suelo, pensaba en cómo atrapar para siempre ese arrebato que había llenado mi existencia, esas caricias que eran la puerta de la belleza. La abracé con la necesidad de fundirme en ella, de sentir la unidad y a la vez la dualidad de los cuerpos en el roce erótico, de enredarme en sus risas. Me decidí sin evaluar los riesgos. Ella sería mi luz. Una luz que nos haría falta entre las tinieblas cuando nos echaran del Paraíso.

           Lana Pradera


lunes, 18 de mayo de 2020

La llamada


                                                  
La llamada



       Suena la música en los balcones de la calle, mientras observo los días tachados en el calendario. Son cruces alternas, marcadas con rabia. Entre ellas quedan espacios numéricos llenos de incertidumbre, hasta que llega la esperada llamada a través de la tablet. Hoy te veo llevar a la boca una galleta que mordisqueas por los bordes: sin aliciente, confusa. Grito:«¡Pronto iré a verte!». Me preguntas: «¿Qué haces metida en ese chisme tan pequeño?». Vuelvo a gritar: «¡Te quiero, no estás sola!». Veo cómo ella desvía la mirada.



                                                  Lana Pradera

lunes, 27 de abril de 2020

Intercambio



Intercambio

      Enfilé la avenida hacia el arrabal. Al llegar al cruce de una calle con soportales, me senté en una de sus esquinas.  Desde allí pude ver cómo una muchacha trataba de llamar la atención de los transeúntes. Ninguno se detuvo a pesar de que la chica se subía, provocativa, la falda y se desabrochaba los botones de la blusa. Se volvió, frustrada, y al verme allí torció el gesto. Vino hacia mí pavoneándose. Me preguntó: «¿Te gusto?». Asentí, confuso, y le mostré la gorra junto a mis pies con pocas monedas. «Dame el dinero, con eso basta. Después, búscate otra esquina».





                                                                     Lana Pradera


sábado, 1 de febrero de 2020

Lluvia





Lluvia


     Sufrimos tu ausencia, pero ya no te invocamos ni salimos en romería para suplicar a los Santos. Estremece ver las nubes en cabalgada levantando un polvo oscuro frente al sol que las tiñe cobrizas y amenazantes. Ahora las lluvias son terribles tormentas que derrumban parte del cielo en aguaceros y se llevan la luz. Es entonces cuando la lluvia cae a plomo. Goterones oscuros chocan contra los vidrios de las ventanas y dejan regueros que los enturbian, qué fastidio. Son gotas que se alimentan de humo, de fluidos envenenados, de gases expulsados de los cráteres. Gotas que desearían llorar para volver a ser translúcidas y no pueden. El calor aumenta y las envuelve en una nube vertical en la que giran alocadas. A su pesar cumplen su destino y caen embarradas hasta aplastarse sobre un terreno yermo que ya no filtra, por el que resbalan arrastrando los desechos de un mundo extenuado. Agua que apenas trae vida. Ya no llueve, no te vayas del todo. 



Lana Pradera 








domingo, 19 de enero de 2020

Fotos en tres dimensiones






Fotos en tres dimensiones


       Aquella pared desnuda merecía una decoración con fotos. Dibujé un signo de interrogación y sobre él ordené las secuencias de mi vida. Asomarse a esas ventanas de papel suponía una caída vertiginosa en el pasado, una zambullida en un pozo de aguas corrompidas. Una sonrisa involuntaria aparecía en algunas imágenes. Como en la del hospicio. O esta, en el bosque, con el chico que decía amarme aunque después él no quiso oír un no. En la siguiente, por primera vez, respiraba felicidad con mi bebé en brazos, pero me lo arrebataron al ser menor de edad. Seguí poniendo una foto tras otra: el cuchitril del trabajo, la boda, y los primeros moratones. El punto del interrogante era para la última instantánea: un primer plano con el rostro desplomado en el que no sonreía. Maté a Niko; ese día le esperaba, convencida de que la orden de alejamiento no iba a pararlo. No hubo respuestas a la pregunta, solo un sonido contundente de la silla al caer y el siseo de una cuerda al anudarse en un crujido final.


                                                                                      Lana Pradera

martes, 2 de abril de 2019

¿Qué hacer con la olla a presión?


       ¿Qué hacer con la olla a presión?

       Me senté para observar mejor aquel objeto de acero reluciente semejante a una capsula espacial que había colocado mi nieta sobre la chapa de la cocina.
       —Es un regalo sorpresa, Yaya — dijo mientras me daba un librito de instrucciones.
       Empecé a ojearlo y pensé que ese objeto galáctico no hacía juego con mis viejas perolas. Seguí con atención las explicaciones: «para abrir la cazuela es necesario girar la tapa con las dos manos haciendo fuerza hacia la derecha sobre las asas de baquelita. Una vez metidos los alimentos con agua, se cierra girando hacia la izquierda y se pone al fuego»
       Al poco tiempo, la sorpresa fue que la condenada olla se puso a pitar como si fuésemos a perder el tren. Cada vez lo hacía con más fuerza y deduje que de un momento a otro aquel objeto iba a despegar y taladrar el techo. Apresurada, lo retiré del fuego. No hubo forma de abrir aquella tapa que se hacía puntiaguda en el centro y terminaba en una espita que seguía escupiendo vapor.
       Frustrada con el invento, añoré el placer de remover los alimentos con una cuchara como me enseñó mi madre y oír el caldo haciendo chup, chup. Probar, rectificar, y volver a probar. Oler los aromas de las especias de cada guiso y viajar a través de los recuerdos.
       Leí después que había que poner la olla bajo el agua para poder abrirla. Lo conseguí y fue un chasco comprobar que los garbanzos seguían duros como las bolas de un rosario. No estuvieron el tiempo necesario, pero si hubiera esperado la media hora indicada seguro que todo habría volado por los aires.
       Al día siguiente me encargué de que no hubiera más sobresaltos. La flamante cacerola luciría ramilletes de flores campestres junto a la ventana.



                                                      Lana Pradera


    

sábado, 1 de diciembre de 2018

Los dos lados de mi casa




Los dos lados de mi casa

           La entrada de casa da un pasillo recto que la divide en dos partes iguales. La parte derecha es luminosa y moderna; desde la cocina se ven numerosas plantas colocadas junto a la pared bajo los ventanales de un patio alargado y cubierto. La de la izquierda es sobria, más clásica, con numerosos adornos. Los muebles son de estilo como los de mis padres. Parece que hubiera querido reproducir un pedacito del hogar en el que me crié. Sin embargo, es en el lado derecho donde respiro; donde el ambiente huele a flores y a tierra húmeda; en el que disfruto de esos pequeños trozos de naturaleza raptada. Olores que a ciertas horas se mezclan con vahos de guisos de puchero y de fritos. En el patio un fondo de música alegre me envuelve, puedo escuchar los ecos suspendidos de las risas de los niños, recordar el barullo de sus juegos, la algarabía de las fiestas familiares. Y recostada sobre una tumbona, puedo observar el cielo y las estelas que trazan los aviones. Ese rincón es mi lugar de lectura preferido; al lado de un ficus de dos metros, que ha cumplido treinta y cuatro años, en el que todavía cuelga una bolita dorada de la última Navidad. Desde la habitación, que antes era de mis hijas, también se ve el ficus. Sigue siendo un lugar de estudio. Ahí escribo y deambulo por mundos imaginarios. Paso la mayor parte del tiempo en esa mitad de la casa. Cuando voy al otro lado, el de los muebles oscuros, cruzo el pasillo y es como si diera un salto en el tiempo; me veo inmersa en el pasado. Regreso a mi juventud cuando paseo la vista por las librerías del despacho. En el salón, entre las fotos, hay demasiados recuerdos. Algunos oprimen el pecho. Cuando me demoro allí, solo el parloteo del televisor consigue adormecer mis sentidos, distraer las tristezas. Por eso he pensado en cambiarme a una nueva casa, decorada con muebles claros, que tenga más espacio, más luz, más terrazas y muchas plantas, y en la que no haya ningún pasillo que marque frontera en mi corazón.


                                                                               Lana Pradera