lunes, 9 de diciembre de 2013

"El jugador" (Relato corto)



"El Jugador"

Intentaba enderezar la pajarita de su viejo esmoquin, mientras el espejo le devolvía la mirada de un extraño. Pasaba sus manos sobre el vidrio en un intento por borrar aquel monigote alargado que invadía su intimidad y que no le dejaba vestirse: “Vete, vete, que no me dejas ver los botones”, le decía irritado. Se giró de perfil con un gesto inefable de derrota para ignorar su presencia, mientras buscaba entre la ropa su sombrero. Sólo volvió la cabeza un instante y, con el tono de quien pide permiso, le dijo: “Tú te quedas aquí, ¿eh?, que yo me basto solo”, mientras cerraba las puertas del armario.

No conseguía recordar cuándo comió por última vez y no le preocupaba, pero de beber no se olvidaba. Se palpó la petaca en el bolsillo suspirando; estaba llena, pero no del whisky etiquetado que le gusta. Trató de enderezar la espalda, que el peso de los años inclinaba hacia delante, y salió del antiguo caserón a la calle en busca de fortuna como en tantas otras ocasiones.

Al llegar a la puerta del casino se sintió de nuevo en casa. Todos le conocían; había sido educado y zalamero con las señoras, generoso con las propinas y las mieles de la fortuna lo habían agasajado con frecuencia. Antaño con los naipes fue un maestro, casi un mago, parecía su profesión, pero desde que Rosalía se fue, ya nada era igual. Maldijo el día en que discutieron cuando ella descubrió su doble vida. Vio cómo se iba llorando de la casa con el niño, su hijo, y jamás volvieron. Me lo merecía. ¿Cómo pude jugar y perder lo que más quería? ¿Por qué no le pedí perdón? ¿Por qué no les hice de nuevo el centro de mi vida? Ahora bebía para olvidarla y se arriesgaba sobre el abismo de la locura como castigo. La soledad le carcomía por dentro; cada copa era un tsunami en su cerebro y cuando la razón emergía, quería morirse allí mismo, sin miedo, sin consuelo. Pero el sopor de los recuerdos no se alejaba y seguían a su lado deshilando los jirones de su vida.

Las luces de la sala y el humo amarilleaban las miradas, mientras las sombras íntimas de las esquinas transformaban el lugar en el sitio perfecto para invocar al escurridizo azar. El tapete esmeralda desprendía espejismos de ganancias y riquezas, pero la suerte sabía esquivar la doma. Durante meses le había dado la espalda pero hoy iba a ser diferente, lo presentía. Se acomodó en una mesa frente a cuatro caras inexpresivas. Manos pálidas y rápidas organizaban el juego. Las cartas se deslizaban sobre el terciopelo como expertas patinadoras, al encuentro de dedos nerviosos y tensos que aguardaban en el borde de la mesa. Desde el principio trató de controlar y contar cada movimiento para adivinar la jugada, pero una y otra vez los palos de la baraja se mezclaban, incoherentes, sin alistar a los comodines. No puede ser. La vista se le nublaba. Con angustia pensó: “Hoy tengo que ganar por fuerza, ya no me queda nada, estoy perdido”. Y cada ronda era peor que la anterior. Palpaba inquieto el tapete, las fichas rojas y blancas pasaban a otras manos. Paulatinamente, con cada cigarro y cada copa, se iban consumiendo las horas hasta llegar a la nada. Entonces cesó la música; las atractivas chicas, de grandes ojos pintados de negro y bocas sugerentes y afrutadas, desaparecieron. Las mesas se vaciaban. Todos se iban. La noche cedía el paso al día y la luz se abría camino entre los cortinones granates del salón. Pero él, desorientado, ya no sabía si iba o venía. Le acompañaron a la salida y allí le dejaron solo, como a un huérfano, sin dinero, y sin orgullo.


Pasó bajo el arco de luces de la entrada del local que parpadeaban y le rendían honores, como a un soldado que sobrevive a la batalla. Salió a la calle con un andar inseguro. Afuera llovía con fuerza y oscurecía el amanecer. La gran avenida, adoquinada y brillante, conducía hacia al puente. Fue fácil encaramarse a la piedra helada y resbaladiza, dejarse ir y saltar. No tuvo que pensarlo mucho, ya lo tenía ensayado en su mente. Ni siquiera notó la frialdad del agua. Se dejó engullir sin luchar, arrastrado por el torbellino de la corriente que borraría todas las miserias de su vida y lo acercaría, tal vez, a su amada Rosalía.


                                                                                                               Mar Lana