viernes, 4 de abril de 2014

La mecha




        Invadida por una tristeza oscura, colocó sobre la mesa la orden de alejamiento. El dolor físico y espiritual que soportaba no le impidió observar el retrato de su marido situado sobre la chimenea. Aquella sonrisa bobalicona escondía toda la rabia y el desprecio que se vio obligada a sufrir durante años. En un gesto repentino que se había prohibido hasta entonces, extrajo la foto y la rompió en diminutos pedazos que arrojó al fuego. Mientras observaba cómo ardían sintió un alivio que interrumpió el teléfono.
—¿Señora? Soy el inspector de policía. Deseo comunicarle el fallecimiento de su esposo. Le vigilábamos desde hace días, hasta que hace unos instantes, de forma inexplicable, su cuerpo empezó a arder como una tea.

                                                                           Mar Lana