sábado, 27 de febrero de 2016

Presentación Antología de microrrelatos - Pequeños Gigantes

    
El día 5 de febrero Ediciones Atlantis y Netwriters presentaron en Madrid  la antología de microrrelatos Pequeños Gigantes. En ella participo con nueve micros y me siento muy orgullosa de compartir espacio con el excelente trabajo de doce magníficos escritores que, a la vez, son estupendos compañeros y amigos.
                   



                               

(Emilio Porta - Fundador de Netwriters)

(Enrique Gracia Trinidad - Fundador de Netwriters)

          
(Carmen Fabre - Fundadora de Netwriters. Miembro de su Junta Directiva y responsable de la publicaciones de narrativa)


         

                                                      (Lana Pradera)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Sin esperanza





Sin esperanza



        Un indeterminado número de personas se alineaban en la calle junto a la pared de las casas, en espera de que abriera la Oficina de Empleo. Formaban una fila larga y apretada que podría asemejarse a un gusano de múltiples pies en su búsqueda de hojas de morera. Cuando la puerta se abrió, entraron y ocuparon el espacio como una marea sin retorno. Tampoco habría suerte esta vez. Frustrados y al igual que haría el gusano de seda, tomaron la única salida: encerrarse en sus capullos en un letargo anhelante para intentar alcanzar su verdadero sueño: ser mariposas.

                                                                 Lana Pr
adera




domingo, 1 de noviembre de 2015

Invoco tu nombre


Invoco tu nombre


      Te espero sentada en la alfombra frente al fuego del hogar. Cuando percibo tu presencia, un deseo soterrado e intenso invade los laberintos de mi mente. Siento cómo reptas despacio por mi piel y acomodas tu pecho sobre el mío abarcándome entera. Noto que, a propósito, demoras el ritmo de conquista y consigues que aguarde, ansiosa, el momento en que acaricies el contorno de mi cuerpo, sensible a todos los roces. Espero, impaciente, ese instante de clímax que lo hechiza todo, mientras la cordura se exilia entre gemidos. Lo único que me atormenta es que hoy no son tus dedos sino los míos, más certeros y fieles, los que hacen que me sienta plena en un silencio que el placer no quiebra.


                                                                                                        Lana Pradera
                                                                                                                                                                                                                                                                                                    

jueves, 22 de octubre de 2015

El cafetín

Si las imágenes pudieran leerse

El cafetín

               Desde donde me encuentro, miro el mar y no me llega la sensación de humedad ni el olor a salitre. Los sonidos del ambiente no me dejan oír el rumor de las olas. Las nubes derraman gotas de lluvia que no me mojan y despiertan en mí el deseo de notar en los pies el roce húmedo de la arena de la playa.

¿Qué hago aquí? Estoy en un refugio de cristal iluminado como un acuario. No falta calor ni comida. Escucho el murmullo incesante del parloteo solitario de mis congéneres, mientras, inmóvil, observo que todo lo que se mueve está fuera. Todo lo que estimula los sentidos y cambia de forma en un calidoscopio colorista, espera fuera. Sé con certeza que los sueños se forjan sobre la espuma de las olas, aunque las barcas naufraguen y los amores desaparezcan en remolinos de tormenta.

Pero, aunque quiera, ya no puedo seguirte, vida. Me quedo aquí sentada con el bastón a mi lado. Maquinalmente disuelvo un azucarillo en el café a golpe de cucharilla, mientras recuerdo. Mientras contemplo.

                                                             Lana Pradera

viernes, 25 de septiembre de 2015

Límites fallidos




                                                                           Límites fallidos


               Mi corazón construyó muros de conciencia para que frenaran las mareas de dolor provocadas por tu alejamiento. Sólo cuando vomité tanta soledad sobre las cuartillas blancas sentí alivio. Más tarde busqué para esas páginas una cárcel lujosa de cuero y oro que sellé con un candado. De esta forma conseguí apresar mis anhelos y desterrarlos, junto a otros libros moribundos, a los anaqueles del desván. Pero hoy mi nieto ha encontrado ese diario. Dentro de mí, un corazón ajeno, más joven e inexperto, le deja abrirlo. Los dos ven extrañados que todas las páginas están en blanco. Rebeldes al encierro, las palabras habían huido, pero aún quedaban en el papel los restos indelebles de las lágrimas.


                                                                                                  Lana Pradera

domingo, 21 de junio de 2015

El pequeño oasis



                  El pequeño oasis

           Su pueblo no era más que un puñado de casas desperdigadas cerca del desierto. Sólo se oía el viento arremolinando la arena. Zaira iba temprano a coger agua del pozo a varios kilómetros de allí. Al llegar se desprendía del burka y cantaba. Primero bajito, temerosa, y luego alzando la voz hasta amainar la dureza del paisaje. En ocasiones bailaba; sus pies descalzos retozaban alegres y giraban al compás de sus canciones, mientras miraba feliz al cielo. Buscaba otros mundos en el calidoscopio de las nubes. Pero aquel día, un vecino la vio danzar con la melena al viento desafiando la sharia. Por ello sufrió el castigo lacerante de sus mayores. Después, la recluyeron en el silencio de los muertos.


                                                                                         
                                                                                                  Mar Lana

sábado, 16 de mayo de 2015

Hermanos gemelos




         Hermanos gemelos

                Al volver en mí, vi que él me había quitado el traje, las llaves del Mercedes y las de casa. Cuando se despojó de la barba y las gafas, reconocí aquellos ojos llenos de resentimiento que sólo comparaban y casi siempre restaban. Después de someterme a un violento interrogatorio, me dejó amordazado y atado a una silla. Puso un catalejo ante mí que apuntaba al edificio de enfrente, donde estaba el ventanal de mí casa. Pude mirar, impotente, cómo besaba y acariciaba con lujuria a mi mujer. Con un movimiento de la mano dejó caer la persiana en un fundido en negro.


                                                                                                    Mar Lana