sábado, 30 de noviembre de 2013

"La escollera"






                                        La escollera
            Aquel iba a ser un día tórrido de verano como otro cualquiera. No se veían indicios para sospechar lo contrario. Aún dormido, me aparté de la ventana para disfrutar de una larga y estimulante ducha fría; luego me sequé y sentí que mi piel seguía húmeda. Pensé: “Seguro que hoy se funde el termómetro”, mientras me acercaba a la cama donde parecía haberse librado una gran batalla. Sonreí recordando cómo la noche pasada Elisa y yo aterrizamos en el suelo, enredados en las sábanas, jugueteando como niños y amándonos hasta la médula.

            Ella siempre me llevaba la delantera. Madrugaba más que yo y planificaba cada hora de la jornada. Experta en hacer tejemanejes, había cambiado la cita de unos clientes para disponer de unos días y celebrar nuestro segundo aniversario de boda. Pensando en ello, me quedé ensimismado frente al espejo mientras la recordaba desnuda; la veía como un todo que me completaba, que colocaba mi yo en el pedestal de las mayúsculas, que me volvía loco. Era la mejor época de mi vida. ¡Oh, Dios! Despierta. Venga, que llegas tarde.

            El móvil vibró reptando sobre la mesa. Era un mensaje:
10:00, 22 agosto
—¿Te he despertado, dormilón?, estoy al final de la playa, en las rocas. Acuérdate del vídeo; el paisaje es precioso y el mar hoy está muy bravo. Comeremos por aquí cerca. Besos.
10:05, 22 agosto
—Estoy de camino, cielo. Esa zona escarpada parece peligrosa, dicen que hay muchas corrientes, ten cuidado. Te quiero.
            Al llegar donde me dijo, me asombró el paisaje abrupto y rocoso del acantilado, nada que ver con la suavidad de la playa. Esa montaña, como salida de la nada, nos conquistó con sus grutas y sus arcos de catedral marina donde estallaban las olas con toda su fuerza, desparramando la espuma alrededor, como si de un brindis se tratara. Nos besamos allí mismo en el rompiente, apasionados y renovamos todas nuestras promesas.
            Era imposible bañarse y me dediqué a filmarla porque, al igual que una modelo, sabía colocarse sobre las rocas con poses sugerentes y atrevidas, poniendo sus manos detrás de la cabeza, mirándome traviesa. Su pelo, ensortijado por el agua, le favorecía. Me dedicaba sonrisas y besos para inmortalizar momentos que darían fe de que, pasara lo que pasara, lo que había entre los dos era algo auténtico.
            Cuando iba a hacerle la última foto, vi cómo una enorme ola cabalgaba a gran velocidad detrás de ella. Su altura superaba la arcada rocosa que nos servía de fondo. Alarmado solté la cámara y le grité:
—¡Corre, corre, ven aquí!
            Fue demasiado rápido. En unos segundos se giró para ver el peligro y sin apenas tiempo, me devolvió una mirada aterrada de despedida.
—¡No!¡No!¡Espera!¡Voy a por ti!—chillé, desesperado.
            La ola potente y ensordecedora no me dejó llegar. Su enorme fuerza me revolcó sobre las rocas afiladas que arañaron mi carne provocando un dolor agudo que recorrió todo mi cuerpo. Tras chocar contra la pared montañosa la masa de agua se retiró hacia el mar dándome una tregua, pero mi esposa ya no estaba. Empapado y sangrando, me acerqué al borde de la escollera y la vi con horror tendida sobre un saliente con los brazos colgando. Parecía muerta. Tenía un fuerte golpe en la cabeza y la sangre le resbalaba por la cara. Me tiré sin pensarlo y nadé con todas mis fuerzas hacia ella. Vi que no se movía. Cuando iba a alcanzarla, otra ola nos embistió sin piedad y su cresta nos empujó hacia las profundidades de la gruta. Advertí cómo se hundía y la seguí hasta que pude asirla del brazo, pero ya no tenía fuerza para subirla y me dejé arrastrar por la corriente pegado a ella.  Mi mundo no era nada sin su presencia, no había elección, sólo la de seguir con ella.
            A los pocos segundos vi una luz que perforó el agua y nos señaló la salida de la cueva. Fui a ese punto, agarrándola como pude, hasta sacar su cabeza del torbellino y conseguir que mis pulmones, exhaustos, aspirasen el aire que necesitaban para empujarla y acercarla a la orilla. Allí, le abrí la boca para soplarle con fuerza un aliento que se me escapaba con la angustia del momento hasta hacerla reaccionar, mientras gruesos lagrimones caían por mis mejillas.
—Ya pasó todo, amor, estamos juntos, te pondrás bien—dije abrazándola mientras temblaba.

                                                                                                       Mar Lana


(Relato presentado al concurso mensual de febrero-2013 de los alumnos del Placer de Escribir de Planeta Agostini bajo premisas establecidas. "Romántico". Obtuvo el quinto lugar de veintiocho relatos )