lunes, 13 de enero de 2014

Él y ella



Él y ella


El porche de aquella casona de ladrillos rojos en medio de los árboles era el lugar ideal para disfrutar de las tardes soleadas. Y allí estaba Ella, con un vestido de gasa vaporoso y una pamela de rafia que se sujetaba al pelo con una lazada a juego con la falda. Estaba sentada en una mecedora que crujía con el balanceo y que parecía seguir el ritmo del trino de los pájaros. Contemplaba el jardín como todos los días y paseaba su mirada vigilante sobre los columpios de colores, vacíos desde hacía años, que sólo se movían cuando soplaba el viento.
—Inés, David, tened cuidado, no os columpies tan fuerte —dijo Ella a sus hijos levantando la voz.
—Señora, tiene que tomarse la medicación —le indicó la chica que se encontraba a su lado.
—No necesito ninguna medicación. Llame a mi marido.
—Le he traído un té caliente y unas pastas, pero lo primero, las pastillas —insistió la chica de la bata blanca con extremada dulzura.
Ella la miró incrédula y de pronto, le regaló una enorme sonrisa. “Pero si eres María, mi amiga de la infancia”, quiso recordar.
—¡Qué alegría! No pareces tú con esa ropa. Ven, cuéntame qué dicen en el pueblo. Hace tiempo que nadie me visita. Aunque no lo creas, ya sé que me critican y que piensan que soy culpable, pero no hice nada. Fue mi marido quien tuvo una amante. No fui yo la que empezó. Después quiso quitarme a los niños—la voz se quebró en un susurro y tras un corto silencio añadió—: Pero ya lo hemos arreglado y ahora somos felices. Como puedes suponer, yo le he perdonado a medias, aunque Él me ha prometido que nunca volverá a pasar. Ahora nos va bien. En los negocios, Él es un lince; bueno, tú ya sabes, y los niños son buenos estudiantes y tan guapos…Irán a las mejores universidades. 
—Señora, tome las pastillas.
—¿María?¿Dónde ha ido? Venga, ya me tomo las dichosas pastillas para que me dejes en paz y vete a decirle a mi amiga que vuelva otra vez mañana — dijo, perdiendo la paciencia y mirando hacia otro lado.
Poco a poco, los recuerdos se mostraron ante Ella al vaivén de su mecedora. Su vida de lujo, las numerosas fiestas. Su guapo y codiciado marido que era la envidia de todas sus amigas. Y los niños, tan pequeños, ellos lo eran todo.
Vio que las ramas colgantes del sauce llorón se movían. Era Roberto que acudia a su encuentro. Fue su más fiel compañero cuando Él no estaba en casa. Le regalaba flores, le tendía el brazo donde apoyarse en los largos paseos por la finca en los que compartían confidencias. Le hacía reír con su desparpajo poco educado.  Jugaba con los niños y planeaba las excursiones al río, donde los besos furtivos paraban el tiempo y las grandes palabras se quedaban prendidas de los árboles.
Ella iba hacia él, quería abrazarlo, pero ya no estaba. Se dejó caer sobre la hierba.
—“No quiero seguir aquí, no quiero, llévame contigo”, murmuró entre sollozos.
Recordó de nuevo aquella locura, aquel sinsentido. Cómo con frecuencia, Él le gritaba y le levantaba la mano. Enamorada, Ella se rendía y suplicaba. Su consuelo eran los niños hasta que llegó Roberto y tuvo fuerzas para hacerle frente. Las discusiones aumentaron hasta que un día lluvioso y gris, Él llegó de improviso a casa con un rifle. El sonido que salió del arma fue ensordecedor. Tanto, que bien pudo haberse confundido con el trueno de una mala tormenta. Roberto yacía muerto en el suelo y todo olía a pólvora. Fue Ella quien lo encontró al volver con los niños del colegio.  La sorpresa y el dolor del momento facilitaron que Él se llevara a sus hijos y nunca más volvieron.
—Dios mío, no me hagas esto, por favor —imploró a lágrima viva. El silencio lo invadía todo.
Se levantó con lentitud como si los años acomodados en su frágil espalda hubieran aumentado de peso. Se volvió hacia el porche donde esperaba paciente la chica.
—Ni se te ocurra volver a darme esas pastillas. ¿Queda claro? — dijo, señalándola con el dedo índice en actitud amenazante—. Me he manchado el vestido y mira mis ojos. Si viene Él y me ve así se enfadará. No le digas lo que has visto. Ni se te ocurra—le ordenó, recuperando su antigua compostura.

La chica la acompañó al dormitorio. Con mimo, la ayudó a cambiarse y a meterse en la cama. Con el arrullo acompasado de su voz fue calmando a Ella que se recostó plácidamente para dormir y bucear en otros laberintos.


                                                                                                               Mar Lana