viernes, 3 de julio de 2020

Otras realidades



Otras realidades 


En la red de Tinder conocí a Lena. Su cara afilada de ojos chispeantes llamó mi atención. Le envié un superlike y en segundos ella respondió.

       Un día, al conectar con la red, parpadeaba un icono sobre su foto. Cliqué sobre él y la pantalla se expandió como un agujero de gusano. Los colores grises giraban mareantes. Mi cabeza entró en un torbellino que me llevó a otra dimensión. Quedé paralizado ante una escena caótica: guerreros a caballo gritaban blandiendo espadas y poderes especiales en un campo de batalla sembrado de muertos. Desde una loma, una mujer de complexión formidable agrupaba a su ejército. Era Lena. «Acompáñame», dijo. Me arrastró su magnetismo. Era una amazona guerrera, viajera entre mundos, que defendía con tesón valores que dormitaban en mí.

      Tanta acción finalizó en un nocaut que me trajo de vuelta. ¿Una alucinación? No. Su señal intermitente continuaba ahí para que la siguiera a una nueva realidad. Me alisté en su ejército.

                                                           Lana Pradera

martes, 16 de junio de 2020

Último recurso




Último recurso
 

Guille se quedó solo en casa, como de costumbre, con la única compañía de un proyector encontrado en la basura. Tras muchos esfuerzos, consiguió unir el celuloide de las películas mudas que acompañaban el hallazgo. Una de ellas la visionó varias veces, asombrado con una de las escenas. Al terminar, rebuscó en el armario y cogió sus únicas botas.

       Cuando la madre entró en la cocina, cansada de callejear y sin nada en los bolsillos, vio la mesa puesta y a Guille subido en un taburete removiendo, dentro de una perola, unos cordones y un  extraño objeto que danzaba entre el borboteo del agua a punto de desbordarse. 

       «Siéntate, mamá, hoy vamos a comer de cine».



                            Lana Pradera


miércoles, 3 de junio de 2020

Elección



Elección  
 
          Bajo la sombra de un sauce, recostado en el suelo, pensaba en cómo atrapar para siempre ese arrebato que había llenado mi existencia, esas caricias que eran la puerta de la belleza. La abracé con la necesidad de fundirme en ella, de sentir la unidad y a la vez la dualidad de los cuerpos en el roce erótico, de enredarme en sus risas. Me decidí sin evaluar los riesgos. Ella sería mi luz. Una luz que nos haría falta entre las tinieblas cuando nos echaran del Paraíso.

           Lana Pradera


lunes, 18 de mayo de 2020

La llamada


                                                  
La llamada



       Suena la música en los balcones de la calle, mientras observo los días tachados en el calendario. Son cruces alternas, marcadas con rabia. Entre ellas quedan espacios numéricos llenos de incertidumbre, hasta que llega la esperada llamada a través de la tablet. Hoy te veo llevar a la boca una galleta que mordisqueas por los bordes: sin aliciente, confusa. Grito:«¡Pronto iré a verte!». Me preguntas: «¿Qué haces metida en ese chisme tan pequeño?». Vuelvo a gritar: «¡Te quiero, no estás sola!». Veo cómo ella desvía la mirada.



                                                  Lana Pradera

lunes, 27 de abril de 2020

Intercambio



Intercambio

      Enfilé la avenida hacia el arrabal. Al llegar al cruce de una calle con soportales, me senté en una de sus esquinas.  Desde allí pude ver cómo una muchacha trataba de llamar la atención de los transeúntes. Ninguno se detuvo a pesar de que la chica se subía, provocativa, la falda y se desabrochaba los botones de la blusa. Se volvió, frustrada, y al verme allí torció el gesto. Vino hacia mí pavoneándose. Me preguntó: «¿Te gusto?». Asentí, confuso, y le mostré la gorra junto a mis pies con pocas monedas. «Dame el dinero, con eso basta. Después, búscate otra esquina».





                                                                     Lana Pradera


lunes, 2 de marzo de 2020

Glenda




Glenda


Tardé en darme cuenta. No sé cómo pudo pasar.

       Entonces retrocedí en los recuerdos al día que la conocí. Lo primero que me llamó la atención de Glenda fue su cuerpo. Era extranjera. Una melena rubia con destellos albinos le caía sobre los hombros, y un flequillo le tapaba la frente en un intento por disimular un rostro redondo y unos ojos inexpresivos. Solo los labios gruesos y gesticulantes de la boca revelaban sus emociones. En aquel tiempo andaba necesitado y puse todo mi empeño en regalarle el oído con dulzuras copiadas de otros, que no sentía. Mi vista siempre se deslizaba por su escote y las curvas de sus caderas.

       Al principio, nos fue bien. Nos trasladamos a unos pisos baratos de las afueras de la ciudad. Habían construido dos edificios alargados que, como una frontera, separaban lo urbano del campo. Detrás, el río y un puente de piedra antiguo. Todo el barrio estaba sin asfaltar y apenas sin luz. Lo dejaron sin terminar. Así que con las frecuentes lluvias se embarraban las calles y hasta se caía algún pedazo del recubrimiento de las fachadas. Le prometí que no sería para siempre.

       Deseaba realizar mi sueño, lo juro. Tener una familia como mis amigos, ahorrar un poco y, tal vez, construir nuestra propia casa. Era albañil y algo entendía de esas labores. Pero el demonio de la crisis desbarató los planes. El paro se convirtió en rutina, lo mismo que el deambular, el menudeo. Además, en casa las noticias no fueron mejores. Glenda enfermó y supimos que no podría tener hijos. Para mí fue un alivio, pero ella lloró y lloró. A partir de ahí nuestra relación cambió. Me acusó de su desgracia. No sabía consolarla, tampoco me apetecía. Además, nunca hubiera pensado que con los años aquellas curvas y aquel culo revoltoso que me volvía loco se iba a ir agrandando más y más. Se volvió irreconocible.

       Cada mañana salía a buscar trabajo. Así dejaba de lado los gritos y las disputas. Me conformaba con pocas horas para, al menos, pagar la luz. Eran horas de esclavitud, de miseria, que no resolvían gran cosa. El alquiler hacía meses que no lo pagábamos.

       La situación mejoró algo al trapichear con papelinas. Los amigos, atentos al relucir de las monedas, me empujaban a pasar largos ratos en el bar, me adulaban. A veces bebía mucho y otras veces me divertía apostando a las cartas hasta quedarme sin blanca, no sin antes apartar pequeñas cantidades que daba a mi mujer, porque vivía conmigo y, a pesar de todo, me hacía la comida y alguna vez me dejaba tocarla.

       Las estaciones se sucedían y siempre me faltaban dos. Igual que los daltónicos no distinguen ciertos colores, yo sentía el otoño y el invierno desplegados todo el año. Cada vez la permanencia en el bar era más prolongada. Al llegar a casa, Glenda protestaba y levantaba la voz hasta que me escondía en una habitación para no verla.

No entiendo cómo no lo advertí.

       Los años transcurrían y nada mejoraba. Recostada en el sofá del salón, Glenda apenas se movía. Los brazos entrelazados con dificultad en el regazo y la mirada fija en la pantalla de un Samsung de tercera mano.

       Todavía vivíamos en la misma casa, aunque cada uno en un extremo de la misma. Nuestra falta de recursos hizo que asumiésemos una relación de supervivencia. Era una coexistencia llena de reproches, sobre todo por parte de ella, que mantenía aquel cuchitril de arrabal gracias a una pequeña ayuda de invalidez. Las broncas terminaban con un sonoro portazo por mi parte. Desde el otro lado de la puerta le lanzaba juramentos y amenazas, encerrado en aquella cárcel consentida, en aquella jaula por cuyo ventanuco se veían los tejados de pizarra vecinos y un pedazo de cielo siempre brumoso.

       Ella devoraba sin freno y la comida no alcanzaba. A cambio, Glenda me obligaba a fregar y limpiar si no quería oírla rezongar. En ocasiones me quedaba hambriento por lo que perfeccioné la habilidad de sisarle sin que se diera cuenta.
  

       Tras la paliza que me arrearon unos tramposos, no volví a pasarme por el bar. Me quedé algo tocado y dejé mis actividades. Sin dinero no podía vivir por mi cuenta. La idea de un albergue, en el que seguramente no habría plaza, era más penosa que la idea de vivir a la intemperie. Debía pensarlo despacio.

       Glenda empeoró. Casi nunca abandonaba el salón salvo para ir al servicio con extrema dificultad. Dormía en el sillón. Me daba igual, aunque reconozco que en esa época me desenvolvía en un espacio más amplio y comía mejor. Ella no necesitaba tanto alimento. Estaba enorme. El apetito la enfadaba y la hacía chillar. Menos mal que ya no teníamos vecinos. Se marcharon de aquel edificio cochambroso y a los eventuales ocupas les dije que estaba loca.

Seguía sin estar atento. Debería haber sospechado; sin embargo…

       Una mañana rompí dos vasos en la cocina, y ella no respondió al estropicio como en otras ocasiones. Me gritaba menos a través de las paredes y apenas daba la murga con naderías. Yo seguía bebiendo y mis encadenadas ausencias hacían crecer el olvido. Incluso en mis sueños la idea de que Glenda no existía se hacía nítida y real.

       De vez en cuando comía fuera de casa. A la dueña de la taberna de la esquina le gustaban las zalamerías. Un plato de sobras a cambio de algunas ayudas. Su local se había convertido en una segunda casa para mí. Llevaba una semana durmiendo en otra cama más mullida. ¿Y Glenda?

En ese instante caí en la cuenta.

       Al entrar en la vivienda un olor insoportable que ya se apreciaba en las escaleras entorpecía mis pasos hacía la sala. Me asomé. Su silueta resaltaba en la oscuridad a la luz del televisor. Seguía sentada, callada, sin mover un músculo. Los ojos muy abiertos. La pantalla de plasma, siempre encendida, iluminaba intermitente su cuerpo. Esos destellos la acunaban, y se habían convertido en un Morse privado.

      Aguantando la respiración me tapé la nariz y la boca. Fui a preparar la maleta. No abrí las ventanas y me aseguré de que hubiera suficiente gas en la cocina. Las velas encendidas harían el resto.



Lana Pradera 





sábado, 1 de febrero de 2020

Lluvia





Lluvia


     Sufrimos tu ausencia, pero ya no te invocamos ni salimos en romería para suplicar a los Santos. Estremece ver las nubes en cabalgada levantando un polvo oscuro frente al sol que las tiñe cobrizas y amenazantes. Ahora las lluvias son terribles tormentas que derrumban parte del cielo en aguaceros y se llevan la luz. Es entonces cuando la lluvia cae a plomo. Goterones oscuros chocan contra los vidrios de las ventanas y dejan regueros que los enturbian, qué fastidio. Son gotas que se alimentan de humo, de fluidos envenenados, de gases expulsados de los cráteres. Gotas que desearían llorar para volver a ser translúcidas y no pueden. El calor aumenta y las envuelve en una nube vertical en la que giran alocadas. A su pesar cumplen su destino y caen embarradas hasta aplastarse sobre un terreno yermo que ya no filtra, por el que resbalan arrastrando los desechos de un mundo extenuado. Agua que apenas trae vida. Ya no llueve, no te vayas del todo. 



Lana Pradera